Descenso a nuestro interior

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Cuando una persona sufre, siente angustia, desazón, inquietud, intranquilidad… Es en esos momentos en que una persona lo pasa mal, con toda esa sensación de intranquilidad, cuando se detiene a analizar cómo se siente, el porqué, el origen, cómo acabar con esa situación confusa y opresiva. Mientras estamos tranquilos y somos felices, no nos paramos a pensar en el hecho de que nos sentimos bien, simplemente disfrutamos. Cuando todo va sobre ruedas y no existe ningún problema, sencillamente vivimos cada momento sin meditar sobre nada. Esto quiere decir que sólo las personas que de verdad sufren, sienten dolor y padecen, son las que realizan un máster en el estudio y conocimiento de sus propios sentimientos. En el sufrimiento se templan las personas. Cuando tenemos un problema o nos sentimos mal, siempre tendemos a hablar de ello, necesitamos buscar a otra persona para contarle lo que nos ha pasado, para desahogarnos y también para que alguien nos ayude o nos dé una explicación. Es mediante la búsqueda de esa explicación o mediante esa necesidad de desahogo, cuando aprendemos a analizar nuestras sensaciones y sentimientos y, por tanto, aprendemos más sobre nosotros mismos.  La soledad en los momentos de dolor es aterradora y devastadora. Pero necesaria para madurar. Cuando una persona sufre y además se siente sola, es cuando comienza verdaderamente a madurar por dentro. La soledad y el silencio van cogidos de la mano, son sinónimos, son dos facetas de la misma cosa, dos espinas del mismo tallo, dos filos de la misma espada. El silencio, la supresión de ruidos y sonidos, de palabras y de música, ese aislamiento auditivo de todo el mundo que nos rodea, nos permite atender a lo que normalmente no solemos escuchar o a lo que normalmente no le prestamos mucha atención: nuestros propios pensamientos. Porque los pensamientos también suenan. Hay veces en las que queremos huir de nuestra propia mente, de lo que pensamos. El silencio nos abre el camino para que lleguemos hasta nuestro interior. Si al silencio se le acompaña con una situación de soledad, entonces es cuando estamos desnudos ante nosotros mismos, no podemos huir más. Nos enfrentamos entonces a nuestro propio yo superior; ese ser que habita dentro de nosotros por encima de nuestra conciencia así como por debajo, y que muchas veces nos aterra. Ese gran desconocido que existe detrás de nuestra psique y nuestra personalidad es una criatura que mueve los hilos de nuestra mente y de nuestros actos, es lo que está por encima de todo nuestro ser, casi como si fuera otro ente. La mayoría de las veces no nos gusta tener que llegar al mismo estrato donde se encuentra ese otro yo nuestro, tan poderoso que ni siquiera podemos comprender; pero que tampoco podemos ignorar, puesto que está ahí siempre. Cuando te devanas los sesos intentando localizar el origen de tu malestar, por qué eres tan desdichado o por qué te ocurren a ti cosas tan nefastas, es cuando comienzas a aprender sobre ti mismo. Sucumbes ante el dolor, te despojas de toda lo superfluo, todo lo que sobra y todo lo prescindible. Una situación que no puedes eliminar ni controlar, y entonces percibes lo pequeño, frágil y débil que eres en toda la inmensidad del universo.  Cuando alcanzas a ver que no eres más que un átomo en una mota de polvo dando vueltas por millones de nubes de polvo en toda una inmensidad de partículas en el cosmos infinito, es cuando aprendes a perderle el respeto a todo, a reírte del mundo, de ti mismo. No somos nadie. Sufrimiento, desdicha, perspectiva, lejanía de uno mismo y, paradójicamente, enfrentamiento a lo más profundo e inaccesible de nuestro interior. Es como si todo el espacio-tiempo se deformara y se plegara para unir dos puntos muy distantes de la galaxia en un lugar y momento únicos: el infinito y tu mundo interior. Los físicos dicen que el tiempo es algo muy complejo y que quizá nunca lleguemos a comprender ni mucho menos a dominar. Los biólogos se maravillan ante la increíble inteligencia en la naturaleza. Los médicos admiran la complejidad del cuerpo humano. Pero yo me detengo a atisbar, con recelo y precaución, los sentimientos propios y ajenos. Eso es algo tan extraño y lejano para nuestra inteligencia como el propio cosmos: un descenso a nuestro interior, una ojeada al firmamento. Aïssa López 28 de Mayo de 2014

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