La verdad de los polos opuestos

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¿Los polos opuestos se atraen? Menuda frase… Estúpida y poco original.

“Estar enamorado significa que los dos miramos en la misma dirección…” Yo defendí esta afirmación durante muchos años. Y lo sigo haciendo. Al final, puedes llegar al mismo punto, pero haciendo el recorrido por veredas y senderos distintos. Porque hacer todo el camino juntos es muy cansino y provocará más tensiones que placeres. Además, las personas deben desarrollarse y crecer por sí mismas; y no puedes hacerlo si estás permanentemente conectado, alineado y sincronizado con otra persona.

El camino siempre debe ser individual. Debe ser personal e intransferible. Debe ser una experiencia a medida que te haga madurar como individuo. ¿Qué es lo importante para ti? ¿El camino, el viaje? ¿O el objetivo, el final, la meta? Esta pregunta es tan compleja que es imposible conciliar respuestas de ambos bandos; quizás en esta encrucijada surge la paradoja.

No debemos concebir la relación como un vehículo para alcanzar un objetivo final, sencillamente porque no lo hay. (No hay vehículos). La convivencia es un proceso diario. No hay un fin. La convivencia es un “estado de conexión” entre personas. Aunque sí existe un centro común en los enfoques. En esa rutina diaria debe existir respeto y tolerancia. Y espacio para uno mismo. Y libertad de opinión; libertad para las ideas, para las ocurrencias y las pequeñas locuras e inocentes mentiras. Debe haber “confianza” para permitir todo eso.

Si le preguntaras a Eduardo Sunset acerca de la felicidad, te diría que la felicidad no es algo que alcances al final, no es un objetivo ni un fin en sí mismo, sino un proceso, un estado que experimentas a ratos durante el viaje de ida. Es decir, según él, la felicidad son “efímeros momentos” que se dan en el “camino” y no algo que debes alcanzar. No hay un cenit en el que todo es felicidad ni una montaña que escalar para alcanzarlo. Y tiene razón. Pero no es aplicable a una relación sentimental. La diferencia la comprendí el otro día mientras charlaba con mi amigo Manuel Pérez, y reflexionábamos escribiéndonos por la aplicación “Mensajes” de iOS como suele ser costumbre entre nosotros. Creo que, sin darse cuenta, me dio la clave para comprender esa diferencia, y viene dada por un uso correcto de las palabras y una definición exacta de las mismas: No hablamos de alcanzar la felicidad; hablamos de “funcionamiento”; y ahí reside el punto. Los polos opuestos en una relación sentimental no se atraen, sino que “funcionan” en conjunto. En una pareja, lo que mejor funciona a la hora de la convivencia es que cada miembro tenga una personalidad, gustos, apetencias y propósitos distintos al del otro miembro. Observen y mediten en esta diferencia de términos lingüísticos: atracción versus funcionamiento. ¿Cuál de esos dos términos piensan ustedes que podría estar más vinculado a un estado de felicidad? “Atracción” se acerca más a lo superficial, al deleite de la carne, a lo intranscendente y, por todo ello, a lo más breve. En el otro lado de la balanza, “Funcionamiento” denota un mecanismo más complejo, un nivel más intrínseco y profundo en el entendimiento, una mayor garantía a largo plazo y, por consecuente, convierte en trascendental la relación. No nos interesa que los polos opuestos se atraigan; nos interesa que funcionen.

En una relación sentimental buscamos objetivos, e incluso, debemos enfocarlo todo a esos objetivos. No importa el cómo o el por qué. Existen esos objetivos que debemos alcanzar. Y ahí surge la diferencia y la importancia de ser diferentes. Es decir, él y yo, como parejas y como enamorados, miramos hacia la misma dirección aunque desde ángulos distintos. Y esa es la cuestión central. No importa cuán distinto seas de tu pareja —e incluso, mejor—; lo importante es que surja la convergencia entre ambos en los asuntos primordiales, en los principios básicos. No importa que él lo vea de color rojo y yo de color verde. Lo importante aquí, en este caso específico, no es el color del cristal con que se mira; lo importante es que los dos miramos el mismo objeto y debemos reconocer y admitir esa discrepancia para beneficiarnos de lo que nos puede aportar: descubrimiento. Y todo lo demás… Bueno, todo lo demás sólo puede suponer riqueza… ¿Parece poco?

Ser distintos es enriquecernos unos a otros. En la diversidad se origina el descubrimiento de nuevas experiencias y nuevas sensaciones, de nuevos placeres y nuevas perspectivas. El hecho de que tu pareja sea muy distinta a ti, no garantizará que os “atraigáis” más… Pero sí propiciará que la relación “funcione”. Funcionamiento… He aquí la clave. La palabra “funcionamiento” en una relación sentimental es tan incomprendida como la química que se forma en el sujeto cuando alguien, de súbito, le produce morbo y satiriasis, aunque esa otra persona carezca de los parámetros de belleza universalmente reconocidos y aceptados. Es entonces cuando decimos “no es cuestión de que sea guapo o guapa, sino de que le guste a él o a ella, de que le atraiga”. Por eso, a partir de ahora, deben dejar de preocuparse por hallar el mayor número posible de puntos en común con sus respectivas parejas. ¡Al diablo con ello! ¡Sean un poco más atrevidos y valientes! ¡Salgan de su zona de seguridad —que sólo les deparará aburrimiento a la larga— para explorar el exotismo que supone vincular sus vidas a alguien completamente distinto! Enfóquense sólo en vislumbrar la fórmula para que funcione, mediante el respeto y la capacidad de dejarse sorprender, seducir y admirar por lo ignoto que su pareja representa para cada uno de ustedes.

Por eso vuelvo al origen de este artículo y la lección que extraje de mi breve charla con Manuel: la importancia de definir correctamente las cosas. No se trata de “atracción” sino de “funcionamiento”. Y funcionar no significa “ser compatible”. Significa que, sencillamente (y a veces sin explicación lógica posible), algo es viable, algo puede llevarse a cabo, algo produce resultados positivos. Resultados. Una vez más, volvemos a la importancia de la meta final, más que el camino, en lo que a la relación se refiere en términos concretos. La convivencia debe ser espaciada, libre, permisiva y respetuosa. Porque lo verdaderamente importante está en lontananza, cuando alzamos la cabeza y oteamos el horizonte y sentimos que, cuando lleguemos a aquel lugar, no estaremos solos y será entonces cuando sabremos que el arduo camino recorrido habrá merecido la pena.

Aïssa López
25 de Noviembre de 2015

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