La Noche que acabó

Estándar

Me obligan a decirte que lo nuestro no puede funcionar, porque el amor que siento por ti no es suficiente para mantener el calor durante toda la noche, llena de reflejos, de susurros y pequeños arrebatos, envueltos en las toallas húmedas me muerdes el lóbulo de la oreja derecha y me pides que te quiera mucho, te miro a los ojos y rememoro en el candil de ilusiones que luce como un espectro de recuerdos en tus pupilas la atmósfera de otros momentos, rememoro el silencio roto en un autobús mientras todos duermen y roncan y pasan una película de comedia en los viejos televisores colgados sobre los asientos, y miro a través de los cristales de las ventanas y veo lo mismo que en el acantilado desbordado de tus ojos: la negritud tendida hasta el infinito, las sombras de mil formas distintas y el dolor engendrándose, y mientras escucho con el chasquido eléctrico de los altavoces deteriorados del autobús los diálogos de esa estúpida comedia romántica, te digo adiós, una lágrima trepa como una hormiga cargada de espinas hasta la cuenca de mis ojos, empuja, embiste y me desarma ante la puñalada de pánico que me produce decirte lo que me obligan a decir, que lo nuestro no puede funcionar, porque el amor que siento por ti no es bastante para mantenerte con vida, amor mío, yaces gélido y destrozado a mi lado, tu cabeza rota, la sangre en el rostro, el autobús se desbocó en la curva, rodó y cayó, amor mío, por ese acantilado lleno de muertes, hasta llevarte lejos de mi… no te olvidaré, no sé cómo decirte adiós, pero no te olvidaré… me obligan a decirte que ya no estaremos nunca más juntos, pero yo no puedo comprenderlo, por qué tiene que ser así… sin embargo miro por las ventanas de cristales rotos y sólo veo oscuridad… no hay ninguna posibilidad y esa lágrima lucha por trotar hasta mis mejillas, qué fría es esta noche que parece no tener fin, amor mío, fría como tus manos, que abarco con las mias en un duelo desesperado por mantenerte con vida, por mantenerte cerca de mi… y a lo lejos, rompiendo el negro abismal del paisaje, unas luces: rojas, verdes… una sirena… la gente azota el autobús, los bomberos lo enderezan y un equipo de médicos te alcanzan, amor mío, te cubren el rostro con una sábana negra y en mis ojos, retenida, la lágrima maldita que intenta romper mi corazón, cuando uno de los médicos me mira compasivo y me dice que no hay nada que hacer, que te has ido, y que por más que yo quiera, no puedo darte más calor… vivir sin tenerte, soñar recordándote y, en el fondo, añorar tus besos y tu voz que me susurra, firme y poderosa, que jamás me dejarás sola… porque me amas.

Aïssa López
Sevilla, 24 de abril de 2007

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