La sentencia

Estándar

Através del interminable corredor. Paredes grises, metálicas, repletas de manchas de óxido. Una bombilla cuelga del techo, balanceándose, con una legión de mosquitos pegados contra el cristal. Las ratas se refugian en los oscuros agujeros.

Cucarachas en las fisuras.
Avanzan a través de ese frío corredor. Llegan al final. El ruido al abrir una puerta enorme, de acero y hormigón, rompe el silencio monótono. Una oleada de aire fétido le sacude el cutis.

En la nueva sala, hombres y mujeres gritan y se regocijan con el inminente espectáculo, tras rejas salpicadas de sangre. Lo trasladan hasta un elevador eléctrico, cuyo suelo está resbaladizo, lleno de vísceras. Sangre por todas partes y cráneos aplastados. El individuo mira a su alrededor, se contrae ante las voces inquietas de los espectadores. Un verdugo con la cabeza embozada acciona una palanca cilíndrica y el elevador asciende.

La sala es titánica con la cresta del techo pentagonal. Unos focos de luz obnubilante bañan los rostros famélicos de los espectadores, y un cañón luminoso sostiene a la víctima a la vista de todos. Las voces initeliligibles son ensordecedoras. La presa sigue subiendo, observando abajo a los guardianes: altos, fornidos, caras cubiertas por máscaras negras y cuellos con armaduras punzantes. Los espectadores del sacrificio sacan sus manos através de las rejas sucias de restos humanos. Los guardianes se protegen con lanzas cortantes en sus dos extremos. El elevador se detiene. La estridencia ha sido molesta para sus oídos. Allí, tan arriba, la muchedumbre parece ante sus ojos un multitud de luciérnagas, y sus voces, resonancias de murmullos, resollos y clamor carnívoros.

La víctima está ensimismada; no se mueve. Un silbido de acople acústico y una voz cibernética que dice:

-Delito: salto de un indicador de “STOP” en la salida de la autopista F030. Decisión del Jurado: Sentencia de muerte.

Gritos de satisfacción. La misma voz:

-Adelante. Nuestro pueblo tiene hambre. La democracia se abre camino.

El suelo del elevador se disfraza de luz azul y descargas eléctricas son proyectadas. La víctima se contra el por dolor que ello le causa. Su rostro sufre espasmos, su alma atraviesa su cuerpo. Se acerca al borde del elevador. Cientos de metros le separan de los espectadores. Abajo, los verdugos comienzan a dispararle flechas con sus arcos. Una le roza, otra le corta un hombro. Se desliza cada vez más hacia el borde. Otra flecha se clava en su pierna izquierda. Los espectadores están ansiosos, con los ojos desencajados, las bocas abiertas, sedientas.

Una última descarga eléctrica lo expulsa del elevador. La víctima cae al vacío. Los guardianes le observan friamente. Los verdugos se delitan con el espectáculo. Choca contra el suelo.

El impacto produce un sonido de ruptura. El cuerpo de la víctima se ha reventado. En los últimos segundos, agoniza. Olor a carne fresca.

Un verdugo acciona otra palanca. Un ruido grave resonante y un chirrido muy agudo. Las rejas se abren y una legión de espectadores sale, con gran alboroto, volcándose sobre el cadáver. Gruñidos, voces bestiales. Destrozan el cuerpo en cuestión de segundos.

La misma voz de antes, ordena:

-El siguiente.

Aïssa López
Sevilla, 1994

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Soñar sin cadenas

Estándar

-¿Buscas algo?

-Lo que busco no se encuentra.

-¿Y qué es eso que buscas y nunca encuentras?

-…Algo bonito. Pero seguramente no me entenderás. Busco una caricia, un beso, una mirada.

-Claro que te entiendo, porque yo soy un romántico como tú. No soy uno de esos plumíferos del ambiente, que van sobrevolando los cuerpos apretados mirando con la boca hecha agua los paquetes ceñidos y los traseros provocadores, cual víbora en alas de un buitre acecha su presa.

-Busco la ilusión, sentir la alegría, poder soñar sin cadenas.

-Te puedo comprender como si tu voz al hablar fuera el eco de mi propio yo. Padeces una sensación, muy profunda, de soledad. La soledad, como la oscuridad, puede manifestarse de múltiples formas, y en su malévola germinación te carcome el alma, hundiéndote en el desasosiego. Te sientes solo. Y cuando sales a la calle, caminas a veces como sonámbulo porlas calles infestadas de gente. aunque tengas mil amigos, aunque tus familiares estén a tu alrededor en cada momento, el vacío que se engendra en tí va más allá de todo eso, vuela lejos de todos ellos, es una fuerza superior que te posee y te hace sentir un ser menor. Y aunque te cuesta tanto definir en qué consiste esa carencia, sabes cuál es el antídoto. Y deambulas por la calle, abandonado del mundo, miras a la gente atravesando sus ojos, todo te parece tan banal que la sociedad entera, en su agonizante rutina diaria, se te antoja un monstruo de fauces abiertas y lobunas.

-…Más o menos..

-No sabes qué es lo que buscas, quizás sentirte acogido y alejado de todo al mismo tiempo. Buscas alguien, más allá de la belleza de sus labios suntuosos y del movimiento de sus caderas joviales; alguien que te sostenga y te abrace y te suspenda sobre la muchedumbre y te eleve a otro estado de tu ser. Da igual un beso, una mirada, una caricia, te basta con saber que esa persona especial está ahí y llena ese vacío, y te sostiene en cada segundo pase o que pase, para que no tengas miedo a tropezar y caerte, porque sientes miedo a derrumbarte, por eso huyes de la ilusión y de la fuerza de la alegría, demasiado miedo circunda tu alma, miedo a embriagarte con la esencia del amor si no es verdadero, miedo a entregarte in escudos ni reservas y que de repente te abandones, y entonces te ves cayendo sin salvavidas, rumbo a ese descampado pardo en el que te convertirás, pobre criatura desvaída, en la presa de esos buitres carroñeros…

-…Más o menos…

-Te gustaría poder abrir los ojos por la mañana y sentir esa seguridad sólida y absoluta de que alguien, más allá o más acá, está ahí. Esa ternura indescriptible por la que sientes unos dedos que recorren tu nuca y te acarician el pelo, con la garantía de un amigo y el deseo de un amante, con el amor de un ser bonito que se entrega a ti como tú estás deseando entregarte a él. Te entiendo, claro que te entiendo. Toda mi vida he padecido ese desgarrador mordisco de la soledad, del vacío interior. Por más que buscaba, sólo encontraba lenguas bífidas serpenteando entre mis piernas, promesas efímeras y besos de plástico. Y un buen día, en que una gripe me aplastó contra el colchón de mi cama como un boxeador abatido en la esquina del ring, un día terrible en que me encontraba tan mal que las energías me impedían seguir buscando… ese día que dejé de buscar, encontré. Hallé sin quererlo, sin ansiarlo ni imaginarlo, la voz más aterciopelada, diáfana y auténtica del corazón. Era la piel de mis entrañas que se había evaporado y se había fundido con las de otra persona. Y ahí lo tenía, lejos geográficamente pero tan cerca en mi corazón que curó con un soplido y un suspiro todo el mal que me devoraba. Claro que existe lo que buscas. Yo lo he encontrado por accidente, casi por serendipity.

Y desde entonces nunca más he vuelto a padecer vacíos interiores, ni soledad alguna, ni extraños pensamientos. Y casi había olvidado lo que se sentía hasta que te he conocido a ti esta noche. Tú has sido un espejo de mi interior de hace años.

Por eso mismo he sentido la necesidad de hablarte de mi y de lo que tu alma refleja en el albor de la noche. Para que te sientas un poquito menos solo.

Aïssa López
Sevilla, 25 de Julio de 2005

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