Vivimos para replicar la impronta de lo vivido

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Nos pasamos la vida intentando replicar aquello que tanto nos gustó la primera vez. El primer amor, la primera vez que tomamos drogas, nuestra primera eyaculación, la sensación de conducir nuestro primer coche, nuestro primer éxito laboral… nuestro primer “lo que sea”… Hasta convertirnos en máquinas de consumo que pierden el norte.

Cuando hacemos algo por primera vez que nos gusta mucho, queda una “impronta” en nuestro cerebro que nos conduce, sin que podamos evitarlo, a una espiral de replicación: queremos volver a sentir lo que sentimos esa primera vez, revivir lo vivido pero exactamente de la misma forma, confundiendo dicha “impronta” con la felicidad. Un deseo obsesivo que se vuelve más complejo e inexacto en cada ocasión, porque los recuerdos no son perfectos, sino que el cerebro los reconstruye cada vez que los evocamos y accedemos a ellos, con lo cuál, esa versión del recuerdo original —que nunca ha sido tal—se distorsiona más y más con el paso del tiempo, vamos re-interpretando la misma memoria repetidamente, ajustándola inconscientemente a un ideal deformado que evoluciona y madura junto con nosotros mismos. Y todo está dentro de nuestra mente. Nosotros mismos generamos esa impronta, iniciamos el deseo y buscamos desesperadamente volver a sentir lo mismo, atrapándonos sin percibirlo en un círculo vicioso sin aparente salida.

Todo el complejo mecanismo publicitario en el que estamos suspendidos, que nos alimenta y nos controla —somos hijos del marketing—, está edificado en base a esa serie de “improntas”. Los analistas de mercado, los sociólogos y los gurús de los negocios trabajan sin descanso para vendernos los más variados productos y servicios con la promesa escondida de hacernos “revivir” esas sensaciones. La venta de “experiencias”. No nos venden un nuevo modelo de coche, sino el placer que experimentaste la primera vez que te subiste al auto y te sentiste libre al volante recorriendo la carretera —¿Te gusta conducir?”—. No nos venden un nuevo reloj inteligente, sino el dispositivo más personal e íntimo jamás creado, que transmite tus emociones, como el latido de tu corazón —”The Watch is here“—. No nos vendieron el refresco, sino lo que sentiste la primera vez —”Coca Cola es sentir de verdad“—.

En la sociedad actual del consumo, la persona puede revivir esa “primera vez” de dos formas: mediante la constancia o mediante la búsqueda constante. La constancia nos proporciona una adicción contenida y controlada: el toxicómano que ya sabe y conoce la dosis exacta que necesita para “volver a sentirse” como aquella primera vez pero sin que eso le destroce la vida. El trabajador constante, que mantiene la ilusión por aquello que hace cada día, totalmente entusiasmado cada vez que suena el despertador. A éste último la empresa no le compensa su trabajo con más dinero, sino motivándolo mediante un estudiado programa de coaching que le hará partícipe de un gran proyecto: le hace formar parte de algo grande. Lo convierte, de esa forma, en peón de un plan megalómano donde somos productos de nuestro propio hacer, para beneficio de unos pocos, los otros.

La búsqueda constante, sin embargo, es un viaje sólo de ida, y no conduce a puerto alguno. El que se pasa la vida buscando conseguir replicar esa primera vez, exactamente de la misma manera, es el que saltará de flor en flor, enamorándose y rompiendo corazones continuamente, infinitas veces, a lo largo de toda su vida. El que se queda atrapado en la espiral de la búsqueda constante, es el drogadicto descontrolado, que busca y prueba nuevas substancias, pues ya no le sacia la primera dosis, y necesita más y más en su sempiterna queja y discurso de lo escaso e insuficiente, y termina destrozándose en la agonía de su propio vicioso. Pero también es aquél friki que siempre quiere poseer lo último en tecnología, que se gasta todo lo que no tiene por satisfacer una inquietud incontenible de consumismo. Y también es aquél soñador que queda embelesado ante el spot de televisión de Gucci, devastando sus tarjetas de crédito e hipotecándose de por vida para acercarse a ese modelo de vida tan irreal como inalcanzable —pues fue diseñado a medida para vender— que le proponen con aguda maestría.

Sea como fuere, cada persona elige, de manera natural y sin planteárselo, uno de esos dos caminos en la sociedad de consumo, en función de su propia naturaleza y forma de ser.

Aquél que opta ser constante se vuelve regular, previsible, monótono; aunque también consigue ser equilibrado, estable y seguro. Sin embargo, aquél que opta por ser un explorador de la búsqueda constante se transforma en un alma apasionada. Es espontáneo, sorpresivo y atrevido, se mueve siempre en el piélago de la rutina, atoando su buque inspiracional hacia nuevos e ignotos espacios que necesita conquistar. El riesgo le vuelve rijoso y, en su sardónica pesquisa, arrastra y convence a quienes le rodean con un hechizo compuesto de entusiasmo y frenesí.

El primer individuo, el constante, suele proporcionar seguridad y estabilidad a sí mismo y a los demás; el segundo, el explorador, aporta diversión y ruptura de la monotonía, es la pura encarnación de la tentación y la diversión desmedida. Aunque ninguno de los dos, por separado, nos llevará a una vida más plena ni mejor, sino al colapso, pues los dos son piezas del mismo puzzle de la Sociedad de Consumo. Entonces, ¿qué podemos hacer para hallar un camino correcto?

La respuesta no es sencilla. Ninguno es mejor que el otro, ni peor. Ambos son un desastre a largo plazo —desastre para ellos mismos, aunque buenos consumidores para las grandes corporaciones, que siempre ganan—, por lo que la deducción de este silogismo pasaría por construir un nuevo perfil que aúne ambas conductas y que, además, se lo ponga mucho más difícil a los expertos en marketing. Es la mezcla de los dos individuos la que nos hará ser mejores y nos proporcionará un número mayor de instantes de felicidad —dejemos de confundir “felicidad con esas “improntas” iniciales. Dejemos de confundir “felicidad” con lo que nos venden cada día en la televisión, en las vallas de publicidad y en los banners de Facebook: la felicidad no se puede comprar, porque no se puede vender; y desde luego, las corporaciones que mueven los hilos de la sociedad en la que vives no pretenden hacerte feliz, sino manipularte para que te pases toda la vida picando el mismo anzuelo—.

Ese es el secreto para escapar de la brecha de oscuridad que circunda tu existencia: la búsqueda constante dentro de la constancia. Si elegimos este último camino, entonces estaremos deslizándonos por la madriguera del conejo blanco, descendiendo niveles, retirando velos que nos descubrirán nuevos desafíos, nuevos estratos del conocimiento, nuevos horizontes a superar, nuevas improntas a gestionar; sería como mantener el espíritu de un adolescente en el cuerpo de un hombre, gobernados por la mente madura de un individuo equilibrado e inteligente.

En definitiva, es conocer, analizar y superar la “primera vez”. Evitar a toda costa quedarse atrapado en esa “impronta” que nos marcó de por vida. Ser constantes, pero no monótonos. Ser amantes en vez de maridos dentro del matrimonio. Es decir… dejar de replicar esa “primera vez” y comenzar a “crear” otras “primeras veces” de todo, sin volvernos locos y sin dañar a los demás, y sin pretender comprarlo. Sólo la imaginación aplicada puede romper la monotonía y acercarnos a la atractiva vida del explorador constante. Y sólo el sentido común y el raciocinio aplicados nos puede proteger de los males de ese explorador constante, cual loriga enfundando nuestro corazón y alejándolo de la rueda de la perdición.

Extrae lo mejor de la constancia y lo mejor de la búsqueda constante: simplemente trata de mantener el equilibrio, la sensatez y la estabilidad mientras desciendes por la espiral de la búsqueda sin fin. Imaginación versus rutina. No dejes que otros imaginen tu vida, ni inventen lo próximo que debes sentir. Que la búsqueda constante se convierta en un tentáculo interminable y poderoso de tu constancia. De esa forma, madurarás, y serás mejor, y podrás moverte en la salvaje y despedida sociedad que nos ha tocado vivir sin ser un títere: serás mejor en el lecho del amor, descubriendo nuevas formas de satisfacer y sorprender a tu pareja, serás mejor como profesional en tu empresa y, en definitiva, te acercarás más a una constante de felicidad, olvidando en el proceso esa palabra maldita. Porque la felicidad no es más que una entelequia insertada en el camino y empaquetada como producto de marketing, que nos anima a seguir buscando, a modo de combustible para el viaje vital, pero no es la meta de dicho viaje. La felicidad no debe ser jamás un objetivo, porque no es más que un concepto inventado para ayudar a otros a vender más; es el arma más poderosa de la publicidad. Actúa con inteligencia y aprovecha la inercia del enemigo para vencerle: al fin y al cabo, sólo la búsqueda de eso que llamas felicidad conseguirá hacerte más feliz.

Aïssa López
27 de Julio de 2015

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El yugo de la evolución

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¿Qué ocurre cuando la tecnología se sincroniza a nivel evolutivo con los designios de las grandes corporaciones y de los principales poderes fácticos? La consecuencia más inmediata es que las personas dejan de ser tales para convertirse en objetos clasificables al servicio de los que manejan el cotarro.

El individuo está perdiendo —y hablo en gerundio porque está ocurriendo ahora—su individualidad, su personalidad y su privacidad para convertirse en “uno más” de un todo, una pieza más de un engranaje tecnológico del que, como insignificantes insectos atrapados en una tela de araña, hemos aprendido a depender para sobrevivir, o nos han impuesto dicha dependencia para llevar a cabo una supervivencia artificial. Una sociedad súper etiquetada, convenientemente organizada para poder satisfacer los filtros y múltiples estratos de indexación, a la que nos están introduciendo a marchas forzadas bajo la promesa de la seguridad y la estabilidad del ciudadano, con el espejismo de lo cool y lo refinado, de estar a la última en moda por un consumismo desbordado y demencial.

Una ¿sociedad? donde no tienen cabida los impulsos irracionales ni los deseos naturales, en la que todo lo que ocurre tiene un nombre y está medido, referenciado y analizado, y todo lo que se escape a esta norma universal es extirpado con precisión de lanceta quirúrgica del sistema, siendo aislado, estigmatizado y tachado de ridículo, o, sencillamente, desechado como algo no válido, anulado.

Donde el ser humano, lejos de ser libre, armoniza su vida con enfermizo ensimismamiento en torno a términos de reciente invención, palabras clave que identifican la materia que gestionamos rápidamente, códigos y niveles de acceso para cada acción o movimiento: es la sociedad más estratificada y cruel que ha existido nunca, en la que todos por supuesto no tenemos los mismos derechos ni la mismas opciones, y por supuesto tampoco el individuo por sí mismo es ya nada, porque ya nada posee, porque en esa ablación oficial le han arrancado todo lo que le hacía distinto, y único.

Al individuo le están robando sus propiedades y pertenencias para darle a cambio alquileres y subscripciones de pago eterno, a los que siempre estará abonado si quiere seguir usando y disfrutado de ellos, pero sobre los que nunca tendrá derecho alguno. Al individuo le han suprimido su memoria histórica y su intelecto para poner en su lugar la banalidad de canales de ocio superficial donde se tratan estúpidos e inventados problemas que ofrecen juicios rápidos y cierta dosis de entretenimiento y cultura light… —¿o debo decir incultura hard?—.

Han perpetrado las entrañas del individuo anuente para disolver de un plumazo sus peculiaridades y manías, ya que no podían ser catalogadas y por tanto no tenían lugar dentro del vasto conglomerado tecnológico que todo lo registra, evalúa, ordena y coordina. Así, el individuo ha perdido sus secretos, ha dejado de ser misterioso y enigmático, ha dejado de tener encanto, porque ya nada lo diferencia de los demás… porque ya nada posee más que un número identificativo de validación en el sistema, porque su carácter, personalidad y conductas han sido “reforjados” minuciosamente por una cadena de sofisticados algoritmos premeditadamente escritos para recrear la naturaleza de esa persona en la red de redes, a interés y conveniencia del propio sistema. Porque nos han vuelto a concebir, en un enloquecido delirio demiúrgico por el cuál nos están reprogramando para ser compatibles en este nuevo mundo digital, carente de emociones reales, carente de las entrañables interferencias analógicas y del trato humano directo y auténtico. Carente de principios sólidos y valores de dignidad y honorabilidad —¿alguien sabe ya lo que significa?—. Carente de vida.

Para esta nueva fecundación digital del ser humano el individuo como tal ya no importa ni interesa, no constituye nada por sí mismo, porque ya ha sido despojado de todo cuanto lo constituía como persona. Ahora sólo importa el grupo al que pertenece, y ese grupo debe estar correctamente etiquetado, debe disponer de unos privilegios y derechos predeterminados y autorizados. Esos grupos están contrapeados formando una escala jerárquica piramidal. Más alto, más privilegios y poderes, más bajo, menos derechos y posibilidades. Los que están en los grupos superiores viven cómodamente abastecidos con todo tipo de lujos y gran confort al tiempo que los pobres integrantes de los grupos inferiores sobreviven en esa tela de araña artificial para encontrar sentido a sus tristes y vacías vidas. ¿Y es esto evolución? Los ricos son más ricos que nunca, y los pobres más pobres que nunca.

Pero en cualquier caso, todos los grupos existen como partes de un plan común y al servicio de ese nuevo y terrible orden mundial al que, con paso firme y feliz, te acercas cada día pidiendo a gritos que te escojan y te alisten. Y si, hablo en gerundio porque está ocurriendo precisamente ahora, y no te estás enterando.

Aïssa López
20 de Julio de 2015

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