El equilibrio es el fracaso de la felicidad

Estándar

Quizás un estatus o vida equilibrada no es lo más apropiado para un individuo, y quizás por ello, es tan difícil alcanzar y mantener ese estado de equilibrio en la vida cotidiana.

Un equilibrio es como un “aprendiz de todo y maestro de nada”. Es picar un poco de todo, comer un poco de todo y nada en exceso, hacer un poco de ejercicio físico para el mantenimiento del cuerpo y la salud de nuestros órganos, y un poco de ejercicio mental para mantener bien engrasado el engranaje intelectual de nuestro cerebro. Es trabajar un poco para mantenernos ocupados y ser autosuficientes, y dedicar un poco de tiempo a nuestra pareja y/o nuestra familia, para tener nuestro corazón feliz y en paz. Es actuar con ecuanimidad, mesura y sensatez. Es sinónimo de serenidad, orden y estabilidad.

El equilibrio significa normalidad; no cometer excesos. Significa no sacar los pies del plato jamás. Significa decir la palabra adecuada en el momento justo. Significa no anteponer nuestros intereses a los intereses del contrario, sino llegar a un consenso. Equilibrio es aplicar la misma cantidad en ambos lados, medir cada suceso con la misma vara de medición. El cosmos también funciona y existe gracias a un impresionante y sutil equilibrio, casi infinito, casi incomprensible.

Equilibrio pareciera ser, entonces, lo más conveniente para el ser humano. Equilibrio podría ser lo más cercano a perfección. Y, sin embargo, ¿por qué hay tan poca gente equilibrada? Dicho de otro modo, ¿por qué está todo tan desequilibrado en el mundo de los humanos?

La respuesta más sencilla y lógica sería porque el equilibrio no nos da la felicidad. Viviendo equilibradamente estaremos más integrados en el sistema, evitaremos más problemas en todos los sentidos y, en definitiva, podría concluirse que es lo más apropiado para la persona, tanto individual o socialmente. Pero eso no significa ser más felicites. Eso sólo significa que estaremos más tranquilos. No confundamos tranquilidad con felicidad.

El equilibrio es un poco de todo, y mucho de nada. Ser equilibrado consiste, incluso, en su más absurda redundancia cíclica, en calcular continuamente el grado de equilibrio aplicado para no ser exagerado: autoequilibrar el equilibrio. Ser equilibrado es capar continuamente, cohibir nuestra persona, suprimir los excesos, adiestrar la psique, el intelecto y el cuerpo hasta convertirlo casi en una máquina que “hace las cosas bien o, al menos, adecuadamente, o como se espera popularmente que se hagan”. Sin embargo, aquí falla algo; se produce un conflicto entre lo que al grupo de poder le interesa y lo que el individuo realmente necesita.

El ser humano no está diseñado para ser “regular” ni para ser “lineal”. El ser humano es una máquina de combustión química gobernada por un núcleo pensante y consciente que está asentado sobre una base emocional tremendamente compleja. Las emociones y los sentimientos alteran la ecuación del equilibrio anhelado. Por eso, forzarnos a ser equilibrados es ir contra nuestra propia naturaleza.

Mantener un equilibrio constante es convertirnos, al paso del tiempo, en seres predecibles, monótonos y ligeramente autómatas. Es desecar nuestro interior. Y el ser humano no quiere ser un robot, no quiere hacer siempre lo mismo. A las personas les gusta la novedad, el cambio, y, sobretodo, sentirse plenas, saciadas y realizadas. Quizás la unión de todos esos conceptos —cambio, plenitud, realización personal— sea lo que más se acerque a un estado de felicidad. El cambio proporciona estímulos e incentivos; la plenitud nos hace sentir saciados y la realización personal le da sentido a nuestra existencia. Esa es la motivación.

El universo, que tan admirablemente mantiene equilibrado todo lo que existe, no está exento de anomalías, de hechos incompresibles y a veces casi imposibles, de alteraciones que ponen patas a arriba todos nuestros conocimientos y principios y de pequeñas locuras mortales que terminan aniquilando la existencia de astros, de la luz y hasta del mismísimo tiempo. Todo eso recrea misterios, incógnitas, preguntas sin respuesta. Y las personas necesitamos misterios, incógnitas y buscar respuestas a preguntas extrañas, porque el proceso de búsqueda y conocimiento es el único y verdadero estado de felicidad. Necesitamos “romper” el equilibrio para alimentar esa base emocional de nuestra existencia, y sentirnos vivos.

La élite superior que nos controla se encarga de dejarlo todo bien canalizado para “equilibrarnos”. Por ejemplo, el ser humano es curioso por defecto y ser curioso implica, según el Diccionario de la Lengua Española, “desear saber lo que no nos concierne”, es decir: mirar donde no debemos, hacer lo que nos prohiben. Pero en realidad, ser curioso es demostrar que estamos vivos y somos inteligentes, que tenemos inquietudes y deseamos aprender. Ser curioso no es malo. Es algo inevitable e inherente a nuestra propia auto-definición de seres inteligentes.

Equilibrio es anular la curiosidad a largo plazo, paulatinamente; exige demasiados sacrificios y demasiadas censuras. Y es contrario al éxito en muchas facetas de la vida. Para ser el mejor en tu sector profesional, debes trabajar muy duro, mucho, dedicarle muchas horas, especializarte por encima de la media; eso requiere romper el equilibrio, robar piezas de tiempo de otras tareas y deberes para invertirlos en tu carrera profesional. Es decir, requiere sacrificar otras áreas de tu vida para mejorar tu rumbo laboral. Requiere ser un gran curioso que desea saber más para hacerlo mejor. Y si tu profesión está relacionada con el físico o el deporte, tendrás muy cuidada tu salud, aunque probablemente más descuidado tu intelecto.

El estado de felicidad final y real, por tanto, es antagónico al estado de equilibrio continuo. ¿Debemos hacer lo más conveniente para nuestro cuerpo y nuestra salud, lo más conveniente para mantener el estatus y reputación sociales y políticos? ¿O debemos tomar la senda de la satisfacción, de lo que verdaderamente nos haga sentir bien al cabo del día, y de nuestra vida? Tomar esa senda no implica el descontrol y el desenfreno. No implica volvernos locos y tirar la casa por la ventana. Simplemente implica que deberemos romper el equilibrio, buscar los misterios, preguntarnos sobre ellos, mirar hacia el profundo, profuso y obscuro firmamento en mitad de la noche y amar sus excentricidades cósmicas aun sin comprenderlas pero admirando la belleza de sus misterios. Ahora tú eliges: ¿deseas tener una vida absolutamente equilibrada? ¿O anhelas la realización personal plena? ¿La absoluta y real satisfacción de tu persona?

 

Aïssa López
20 de Enero de 2016

Comparte este artículo:

La verdad de los polos opuestos

Estándar

¿Los polos opuestos se atraen? Menuda frase… Estúpida y poco original.

“Estar enamorado significa que los dos miramos en la misma dirección…” Yo defendí esta afirmación durante muchos años. Y lo sigo haciendo. Al final, puedes llegar al mismo punto, pero haciendo el recorrido por veredas y senderos distintos. Porque hacer todo el camino juntos es muy cansino y provocará más tensiones que placeres. Además, las personas deben desarrollarse y crecer por sí mismas; y no puedes hacerlo si estás permanentemente conectado, alineado y sincronizado con otra persona.

El camino siempre debe ser individual. Debe ser personal e intransferible. Debe ser una experiencia a medida que te haga madurar como individuo. ¿Qué es lo importante para ti? ¿El camino, el viaje? ¿O el objetivo, el final, la meta? Esta pregunta es tan compleja que es imposible conciliar respuestas de ambos bandos; quizás en esta encrucijada surge la paradoja.

No debemos concebir la relación como un vehículo para alcanzar un objetivo final, sencillamente porque no lo hay. (No hay vehículos). La convivencia es un proceso diario. No hay un fin. La convivencia es un “estado de conexión” entre personas. Aunque sí existe un centro común en los enfoques. En esa rutina diaria debe existir respeto y tolerancia. Y espacio para uno mismo. Y libertad de opinión; libertad para las ideas, para las ocurrencias y las pequeñas locuras e inocentes mentiras. Debe haber “confianza” para permitir todo eso.

Si le preguntaras a Eduardo Sunset acerca de la felicidad, te diría que la felicidad no es algo que alcances al final, no es un objetivo ni un fin en sí mismo, sino un proceso, un estado que experimentas a ratos durante el viaje de ida. Es decir, según él, la felicidad son “efímeros momentos” que se dan en el “camino” y no algo que debes alcanzar. No hay un cenit en el que todo es felicidad ni una montaña que escalar para alcanzarlo. Y tiene razón. Pero no es aplicable a una relación sentimental. La diferencia la comprendí el otro día mientras charlaba con mi amigo Manuel Pérez, y reflexionábamos escribiéndonos por la aplicación “Mensajes” de iOS como suele ser costumbre entre nosotros. Creo que, sin darse cuenta, me dio la clave para comprender esa diferencia, y viene dada por un uso correcto de las palabras y una definición exacta de las mismas: No hablamos de alcanzar la felicidad; hablamos de “funcionamiento”; y ahí reside el punto. Los polos opuestos en una relación sentimental no se atraen, sino que “funcionan” en conjunto. En una pareja, lo que mejor funciona a la hora de la convivencia es que cada miembro tenga una personalidad, gustos, apetencias y propósitos distintos al del otro miembro. Observen y mediten en esta diferencia de términos lingüísticos: atracción versus funcionamiento. ¿Cuál de esos dos términos piensan ustedes que podría estar más vinculado a un estado de felicidad? “Atracción” se acerca más a lo superficial, al deleite de la carne, a lo intranscendente y, por todo ello, a lo más breve. En el otro lado de la balanza, “Funcionamiento” denota un mecanismo más complejo, un nivel más intrínseco y profundo en el entendimiento, una mayor garantía a largo plazo y, por consecuente, convierte en trascendental la relación. No nos interesa que los polos opuestos se atraigan; nos interesa que funcionen.

En una relación sentimental buscamos objetivos, e incluso, debemos enfocarlo todo a esos objetivos. No importa el cómo o el por qué. Existen esos objetivos que debemos alcanzar. Y ahí surge la diferencia y la importancia de ser diferentes. Es decir, él y yo, como parejas y como enamorados, miramos hacia la misma dirección aunque desde ángulos distintos. Y esa es la cuestión central. No importa cuán distinto seas de tu pareja —e incluso, mejor—; lo importante es que surja la convergencia entre ambos en los asuntos primordiales, en los principios básicos. No importa que él lo vea de color rojo y yo de color verde. Lo importante aquí, en este caso específico, no es el color del cristal con que se mira; lo importante es que los dos miramos el mismo objeto y debemos reconocer y admitir esa discrepancia para beneficiarnos de lo que nos puede aportar: descubrimiento. Y todo lo demás… Bueno, todo lo demás sólo puede suponer riqueza… ¿Parece poco?

Ser distintos es enriquecernos unos a otros. En la diversidad se origina el descubrimiento de nuevas experiencias y nuevas sensaciones, de nuevos placeres y nuevas perspectivas. El hecho de que tu pareja sea muy distinta a ti, no garantizará que os “atraigáis” más… Pero sí propiciará que la relación “funcione”. Funcionamiento… He aquí la clave. La palabra “funcionamiento” en una relación sentimental es tan incomprendida como la química que se forma en el sujeto cuando alguien, de súbito, le produce morbo y satiriasis, aunque esa otra persona carezca de los parámetros de belleza universalmente reconocidos y aceptados. Es entonces cuando decimos “no es cuestión de que sea guapo o guapa, sino de que le guste a él o a ella, de que le atraiga”. Por eso, a partir de ahora, deben dejar de preocuparse por hallar el mayor número posible de puntos en común con sus respectivas parejas. ¡Al diablo con ello! ¡Sean un poco más atrevidos y valientes! ¡Salgan de su zona de seguridad —que sólo les deparará aburrimiento a la larga— para explorar el exotismo que supone vincular sus vidas a alguien completamente distinto! Enfóquense sólo en vislumbrar la fórmula para que funcione, mediante el respeto y la capacidad de dejarse sorprender, seducir y admirar por lo ignoto que su pareja representa para cada uno de ustedes.

Por eso vuelvo al origen de este artículo y la lección que extraje de mi breve charla con Manuel: la importancia de definir correctamente las cosas. No se trata de “atracción” sino de “funcionamiento”. Y funcionar no significa “ser compatible”. Significa que, sencillamente (y a veces sin explicación lógica posible), algo es viable, algo puede llevarse a cabo, algo produce resultados positivos. Resultados. Una vez más, volvemos a la importancia de la meta final, más que el camino, en lo que a la relación se refiere en términos concretos. La convivencia debe ser espaciada, libre, permisiva y respetuosa. Porque lo verdaderamente importante está en lontananza, cuando alzamos la cabeza y oteamos el horizonte y sentimos que, cuando lleguemos a aquel lugar, no estaremos solos y será entonces cuando sabremos que el arduo camino recorrido habrá merecido la pena.

Aïssa López
25 de Noviembre de 2015

Comparte este artículo:

Vivimos para replicar la impronta de lo vivido

Estándar

Nos pasamos la vida intentando replicar aquello que tanto nos gustó la primera vez. El primer amor, la primera vez que tomamos drogas, nuestra primera eyaculación, la sensación de conducir nuestro primer coche, nuestro primer éxito laboral… nuestro primer “lo que sea”… Hasta convertirnos en máquinas de consumo que pierden el norte.

Cuando hacemos algo por primera vez que nos gusta mucho, queda una “impronta” en nuestro cerebro que nos conduce, sin que podamos evitarlo, a una espiral de replicación: queremos volver a sentir lo que sentimos esa primera vez, revivir lo vivido pero exactamente de la misma forma, confundiendo dicha “impronta” con la felicidad. Un deseo obsesivo que se vuelve más complejo e inexacto en cada ocasión, porque los recuerdos no son perfectos, sino que el cerebro los reconstruye cada vez que los evocamos y accedemos a ellos, con lo cuál, esa versión del recuerdo original —que nunca ha sido tal—se distorsiona más y más con el paso del tiempo, vamos re-interpretando la misma memoria repetidamente, ajustándola inconscientemente a un ideal deformado que evoluciona y madura junto con nosotros mismos. Y todo está dentro de nuestra mente. Nosotros mismos generamos esa impronta, iniciamos el deseo y buscamos desesperadamente volver a sentir lo mismo, atrapándonos sin percibirlo en un círculo vicioso sin aparente salida.

Todo el complejo mecanismo publicitario en el que estamos suspendidos, que nos alimenta y nos controla —somos hijos del marketing—, está edificado en base a esa serie de “improntas”. Los analistas de mercado, los sociólogos y los gurús de los negocios trabajan sin descanso para vendernos los más variados productos y servicios con la promesa escondida de hacernos “revivir” esas sensaciones. La venta de “experiencias”. No nos venden un nuevo modelo de coche, sino el placer que experimentaste la primera vez que te subiste al auto y te sentiste libre al volante recorriendo la carretera —¿Te gusta conducir?”—. No nos venden un nuevo reloj inteligente, sino el dispositivo más personal e íntimo jamás creado, que transmite tus emociones, como el latido de tu corazón —”The Watch is here“—. No nos vendieron el refresco, sino lo que sentiste la primera vez —”Coca Cola es sentir de verdad“—.

En la sociedad actual del consumo, la persona puede revivir esa “primera vez” de dos formas: mediante la constancia o mediante la búsqueda constante. La constancia nos proporciona una adicción contenida y controlada: el toxicómano que ya sabe y conoce la dosis exacta que necesita para “volver a sentirse” como aquella primera vez pero sin que eso le destroce la vida. El trabajador constante, que mantiene la ilusión por aquello que hace cada día, totalmente entusiasmado cada vez que suena el despertador. A éste último la empresa no le compensa su trabajo con más dinero, sino motivándolo mediante un estudiado programa de coaching que le hará partícipe de un gran proyecto: le hace formar parte de algo grande. Lo convierte, de esa forma, en peón de un plan megalómano donde somos productos de nuestro propio hacer, para beneficio de unos pocos, los otros.

La búsqueda constante, sin embargo, es un viaje sólo de ida, y no conduce a puerto alguno. El que se pasa la vida buscando conseguir replicar esa primera vez, exactamente de la misma manera, es el que saltará de flor en flor, enamorándose y rompiendo corazones continuamente, infinitas veces, a lo largo de toda su vida. El que se queda atrapado en la espiral de la búsqueda constante, es el drogadicto descontrolado, que busca y prueba nuevas substancias, pues ya no le sacia la primera dosis, y necesita más y más en su sempiterna queja y discurso de lo escaso e insuficiente, y termina destrozándose en la agonía de su propio vicioso. Pero también es aquél friki que siempre quiere poseer lo último en tecnología, que se gasta todo lo que no tiene por satisfacer una inquietud incontenible de consumismo. Y también es aquél soñador que queda embelesado ante el spot de televisión de Gucci, devastando sus tarjetas de crédito e hipotecándose de por vida para acercarse a ese modelo de vida tan irreal como inalcanzable —pues fue diseñado a medida para vender— que le proponen con aguda maestría.

Sea como fuere, cada persona elige, de manera natural y sin planteárselo, uno de esos dos caminos en la sociedad de consumo, en función de su propia naturaleza y forma de ser.

Aquél que opta ser constante se vuelve regular, previsible, monótono; aunque también consigue ser equilibrado, estable y seguro. Sin embargo, aquél que opta por ser un explorador de la búsqueda constante se transforma en un alma apasionada. Es espontáneo, sorpresivo y atrevido, se mueve siempre en el piélago de la rutina, atoando su buque inspiracional hacia nuevos e ignotos espacios que necesita conquistar. El riesgo le vuelve rijoso y, en su sardónica pesquisa, arrastra y convence a quienes le rodean con un hechizo compuesto de entusiasmo y frenesí.

El primer individuo, el constante, suele proporcionar seguridad y estabilidad a sí mismo y a los demás; el segundo, el explorador, aporta diversión y ruptura de la monotonía, es la pura encarnación de la tentación y la diversión desmedida. Aunque ninguno de los dos, por separado, nos llevará a una vida más plena ni mejor, sino al colapso, pues los dos son piezas del mismo puzzle de la Sociedad de Consumo. Entonces, ¿qué podemos hacer para hallar un camino correcto?

La respuesta no es sencilla. Ninguno es mejor que el otro, ni peor. Ambos son un desastre a largo plazo —desastre para ellos mismos, aunque buenos consumidores para las grandes corporaciones, que siempre ganan—, por lo que la deducción de este silogismo pasaría por construir un nuevo perfil que aúne ambas conductas y que, además, se lo ponga mucho más difícil a los expertos en marketing. Es la mezcla de los dos individuos la que nos hará ser mejores y nos proporcionará un número mayor de instantes de felicidad —dejemos de confundir “felicidad con esas “improntas” iniciales. Dejemos de confundir “felicidad” con lo que nos venden cada día en la televisión, en las vallas de publicidad y en los banners de Facebook: la felicidad no se puede comprar, porque no se puede vender; y desde luego, las corporaciones que mueven los hilos de la sociedad en la que vives no pretenden hacerte feliz, sino manipularte para que te pases toda la vida picando el mismo anzuelo—.

Ese es el secreto para escapar de la brecha de oscuridad que circunda tu existencia: la búsqueda constante dentro de la constancia. Si elegimos este último camino, entonces estaremos deslizándonos por la madriguera del conejo blanco, descendiendo niveles, retirando velos que nos descubrirán nuevos desafíos, nuevos estratos del conocimiento, nuevos horizontes a superar, nuevas improntas a gestionar; sería como mantener el espíritu de un adolescente en el cuerpo de un hombre, gobernados por la mente madura de un individuo equilibrado e inteligente.

En definitiva, es conocer, analizar y superar la “primera vez”. Evitar a toda costa quedarse atrapado en esa “impronta” que nos marcó de por vida. Ser constantes, pero no monótonos. Ser amantes en vez de maridos dentro del matrimonio. Es decir… dejar de replicar esa “primera vez” y comenzar a “crear” otras “primeras veces” de todo, sin volvernos locos y sin dañar a los demás, y sin pretender comprarlo. Sólo la imaginación aplicada puede romper la monotonía y acercarnos a la atractiva vida del explorador constante. Y sólo el sentido común y el raciocinio aplicados nos puede proteger de los males de ese explorador constante, cual loriga enfundando nuestro corazón y alejándolo de la rueda de la perdición.

Extrae lo mejor de la constancia y lo mejor de la búsqueda constante: simplemente trata de mantener el equilibrio, la sensatez y la estabilidad mientras desciendes por la espiral de la búsqueda sin fin. Imaginación versus rutina. No dejes que otros imaginen tu vida, ni inventen lo próximo que debes sentir. Que la búsqueda constante se convierta en un tentáculo interminable y poderoso de tu constancia. De esa forma, madurarás, y serás mejor, y podrás moverte en la salvaje y despedida sociedad que nos ha tocado vivir sin ser un títere: serás mejor en el lecho del amor, descubriendo nuevas formas de satisfacer y sorprender a tu pareja, serás mejor como profesional en tu empresa y, en definitiva, te acercarás más a una constante de felicidad, olvidando en el proceso esa palabra maldita. Porque la felicidad no es más que una entelequia insertada en el camino y empaquetada como producto de marketing, que nos anima a seguir buscando, a modo de combustible para el viaje vital, pero no es la meta de dicho viaje. La felicidad no debe ser jamás un objetivo, porque no es más que un concepto inventado para ayudar a otros a vender más; es el arma más poderosa de la publicidad. Actúa con inteligencia y aprovecha la inercia del enemigo para vencerle: al fin y al cabo, sólo la búsqueda de eso que llamas felicidad conseguirá hacerte más feliz.

Aïssa López
27 de Julio de 2015

Comparte este artículo:

Sobre la felicidad

Estándar

No me asustan las carcajadas, ni las amenazas aireadas ni los alaridos de furia. No me impone aquél que viene a mi reencarnado en un animal salvaje para insultarme e intimidarme con sus gritos enloquecidos. Lo que verdaderamente me impone es la frialdad. La frialdad te abre en el alma la boca de un pozo de incertidumbres del cual nunca llegas a vislumbrar el fondo. Por eso te puedes creer cualquier cosa de un tipo que te habla con sosiego, con indiferencia y esa naturalidad diabólica. Te das cuenta de que lo que dice lo tiene perfectamente pensado, premeditado y asumido. Con la misma templanza te puede invitar a tomar un café o informarte de que a las siete va a ir a visitarte a tu casa para romperte el cráneo en dos como si se tratase de una sandía. Y después de eso es capaz de lavarse las manos con la pastilla de jabón aloe vera que compraste la tarde anterior en el hipermercado, ajustarse el nudo de la corbata ante tu espejo con el reflejo de tu cuerpo ensangrentado a las espaldas y salir lentamente por la puerta con una espontánea sonrisa surcándole los labios, recoger a su novia y salir a cenar como si no hubiese ocurrido nada. Ese es el poder que te otorga la frialdad. El poder para matar de mil formas distintas con la misma eficacia que un roedor taladra un agujero perfecto en un pistacho para absorber su interior. Porque al fin y al cabo, también la frialdad te va taladrando el alma con constancia hasta desecarte y dejar una piel arrugada cubriendo una bóveda de vacíos y sombras.

Aïssa López
Sevilla, 24 de Mayo de 2006

Comparte este artículo: