La mejor formación es el pensamiento analítico

La mejor formación es el pensamiento analítico - Aïssa López
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Este artículo sobre cuál es la mejor “formación” viene a colación de mi última reflexión publicada, “La inteligencia es una cuestión de actitud”.

Nuevamente descubrimos aquí que hay una confusión generalizada, sobretodo de padres a hijos, cuando se considera que la mejor formación recibida viene por los estudios cursados. Es obvio que la formación académica es muy importante y para según qué materias u objetivos, indispensable. Pero no lo es todo en la formación del individuo.

Quizás el problema provenga de tener una posición absolutista con respecto a las cosas. Ya vimos en el anterior artículo cómo la actitud era fundamental para percatarse de un estado de inteligencia cuando éste se producía, para aprovecharlo e intentar retenerlo y emplearlo para otras situaciones y aspectos de la vida cotidiana. No hay nada absoluto, todo es relativo a algo. No eres inteligente siempre, sino en relación a algo en concreto y en una situación concreta. Con la formación ocurre lo mismo: la instrucción académica no es absoluta ni determinante en el forjado de la persona, sólo es un complemento, una pieza más del puzzle, y servirá, como la inteligencia, para algunas situaciones y tareas concretas.

A todas aquellas personas que no han podido cursar una carrera universitaria, y no pueden ya hacerlo por motivos laborales, de edad o de otra índole, y quizás se sienten frustradas por eso mismo, quiero decirles que la mejor formación es la capacidad de autocrítica que tengan de sí mismas y la aplicación de un pensamiento nítido, analítico y racional.

Si estamos de acuerdo en que la inteligencia consiste, realmente, en un increíble estado de auto-consciencia de nosotros mismos y de todo lo que existe a nuestro alrededor, de un proceso de elevación de la mente hasta un nivel de lucidez cristalina en el que permitimos que se interne en comunión directa y pura con la sensibilidad, si estamos de acuerdo con ese principio, también deberemos estar de acuerdo en que un ejercicio de meditación profunda, de replanteamiento de nuestra conducta y de nuestros actos, y de sana y honesta autocrítica, nos permitirá eliminar velos y capas hasta alcanzar la verdad y aprender de nosotros mismos como si fuéramos un auténtico maestro particular en el aula de nuestro cerebro.

Y en este punto, quiero incidir en que debemos evitar nuevamente otra confusión: confundir este tipo de formación intrínseca y de uno mismo con la experiencia de la persona. A pesar de que ambas nos inyectan de conocimiento, tienen una diferencia substancial, sutil pero decisiva: la experiencia requiere que se produzca —o reproduzca— un acto, suceso o experimento para obtener ese “conocimiento empírico”, mientras que el pensamiento analítico puede ser inducido en cualquier momento, por nosotros mismos dentro de nosotros mismos sin prueba empírica, y nos proporciona un “conocimiento precognitivo” que podemos usar para tomar decisiones antes de actuar. Es decir, el pensamiento analítico puede emplearse para autocriticar algo que hayamos hecho, así como para deducir, comprender y asimilar una situación o acontecimiento y poder actuar inteligentemente de antemano.

Hay personas sin formación alguna que condensan una gran experiencia y aprenden de ello, convirtiéndose en grandes personas o en grandes profesionales. Sin embargo, no hablo aquí de ese aprendizaje, sino de la transformación que vivimos cuando somos capaces de separarnos de nosotros mismos y observarnos desde otro prisma completamente ajeno. Es entonces cuando descubrimos cosas sobre nosotros mismos que podemos gestionar o modificar para mejorar o para anticiparnos a sucesos, y terminar sintiéndonos autorealizados: al fin y al cabo, formación significa etimológicamente “acción y efecto de formar”, es decir, configurar nuestra persona para hacerla sólida, firme y fuerte. Y precisamente la autocrítica nos hace más fuertes, puesto que nos permite conocernos más a nosotros mismos, conocer nuestros errores, debilidades y actos extraños. Como dijera Sócrates, “sólo el conocimiento que llega desde dentro es el verdadero conocimiento”.

Podríamos inferir algo parecido a una fórmula de todo esto: la inteligencia nos induce a un estado de auto-consciencia superior —o quizás proviene de ese estado previo y súbito—, en el que se hiperestesia la sensibilidad, la cuál actúa de “interfaz” entre nosotros y el resto del mundo y permite así que la inteligencia funcione y pueda conectar puntos, y como resultado colateral obtenemos un pensamiento analítico, derivado de esa inteligencia y servido de esa cierta sensibilidad, para juzgar nuestros actos pasados o futuribles y continuar dándole forma al “yo”. Mientras todo eso sucede, la experiencia se encarga de plasmar lo vivido y nos moldea con ese conocimiento experimental, práctico y real.

Al final, esa combinación de actitud e inteligencia + sensibilidad extrema + pensamiento analítico y autocrítico + experiencia, es lo que verdaderamente termina forjándonos como personas. Como se puede discernir, todo eso es “formación” en el más estricto sentido de la palabra, quizá incluso la formación más importante, o al menos la más real, mientras que “formación académica” es sólo un complemento, eso sí, de gran ayuda e importante, pero sólo un complemento, porque la evolución auténtica es algo más complejo que memorizar libros y números y va más allá de aprobar exámenes y obtener títulos.

Aïssa López
04 de Febrero de 2016

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El yugo de la evolución

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¿Qué ocurre cuando la tecnología se sincroniza a nivel evolutivo con los designios de las grandes corporaciones y de los principales poderes fácticos? La consecuencia más inmediata es que las personas dejan de ser tales para convertirse en objetos clasificables al servicio de los que manejan el cotarro.

El individuo está perdiendo —y hablo en gerundio porque está ocurriendo ahora—su individualidad, su personalidad y su privacidad para convertirse en “uno más” de un todo, una pieza más de un engranaje tecnológico del que, como insignificantes insectos atrapados en una tela de araña, hemos aprendido a depender para sobrevivir, o nos han impuesto dicha dependencia para llevar a cabo una supervivencia artificial. Una sociedad súper etiquetada, convenientemente organizada para poder satisfacer los filtros y múltiples estratos de indexación, a la que nos están introduciendo a marchas forzadas bajo la promesa de la seguridad y la estabilidad del ciudadano, con el espejismo de lo cool y lo refinado, de estar a la última en moda por un consumismo desbordado y demencial.

Una ¿sociedad? donde no tienen cabida los impulsos irracionales ni los deseos naturales, en la que todo lo que ocurre tiene un nombre y está medido, referenciado y analizado, y todo lo que se escape a esta norma universal es extirpado con precisión de lanceta quirúrgica del sistema, siendo aislado, estigmatizado y tachado de ridículo, o, sencillamente, desechado como algo no válido, anulado.

Donde el ser humano, lejos de ser libre, armoniza su vida con enfermizo ensimismamiento en torno a términos de reciente invención, palabras clave que identifican la materia que gestionamos rápidamente, códigos y niveles de acceso para cada acción o movimiento: es la sociedad más estratificada y cruel que ha existido nunca, en la que todos por supuesto no tenemos los mismos derechos ni la mismas opciones, y por supuesto tampoco el individuo por sí mismo es ya nada, porque ya nada posee, porque en esa ablación oficial le han arrancado todo lo que le hacía distinto, y único.

Al individuo le están robando sus propiedades y pertenencias para darle a cambio alquileres y subscripciones de pago eterno, a los que siempre estará abonado si quiere seguir usando y disfrutado de ellos, pero sobre los que nunca tendrá derecho alguno. Al individuo le han suprimido su memoria histórica y su intelecto para poner en su lugar la banalidad de canales de ocio superficial donde se tratan estúpidos e inventados problemas que ofrecen juicios rápidos y cierta dosis de entretenimiento y cultura light… —¿o debo decir incultura hard?—.

Han perpetrado las entrañas del individuo anuente para disolver de un plumazo sus peculiaridades y manías, ya que no podían ser catalogadas y por tanto no tenían lugar dentro del vasto conglomerado tecnológico que todo lo registra, evalúa, ordena y coordina. Así, el individuo ha perdido sus secretos, ha dejado de ser misterioso y enigmático, ha dejado de tener encanto, porque ya nada lo diferencia de los demás… porque ya nada posee más que un número identificativo de validación en el sistema, porque su carácter, personalidad y conductas han sido “reforjados” minuciosamente por una cadena de sofisticados algoritmos premeditadamente escritos para recrear la naturaleza de esa persona en la red de redes, a interés y conveniencia del propio sistema. Porque nos han vuelto a concebir, en un enloquecido delirio demiúrgico por el cuál nos están reprogramando para ser compatibles en este nuevo mundo digital, carente de emociones reales, carente de las entrañables interferencias analógicas y del trato humano directo y auténtico. Carente de principios sólidos y valores de dignidad y honorabilidad —¿alguien sabe ya lo que significa?—. Carente de vida.

Para esta nueva fecundación digital del ser humano el individuo como tal ya no importa ni interesa, no constituye nada por sí mismo, porque ya ha sido despojado de todo cuanto lo constituía como persona. Ahora sólo importa el grupo al que pertenece, y ese grupo debe estar correctamente etiquetado, debe disponer de unos privilegios y derechos predeterminados y autorizados. Esos grupos están contrapeados formando una escala jerárquica piramidal. Más alto, más privilegios y poderes, más bajo, menos derechos y posibilidades. Los que están en los grupos superiores viven cómodamente abastecidos con todo tipo de lujos y gran confort al tiempo que los pobres integrantes de los grupos inferiores sobreviven en esa tela de araña artificial para encontrar sentido a sus tristes y vacías vidas. ¿Y es esto evolución? Los ricos son más ricos que nunca, y los pobres más pobres que nunca.

Pero en cualquier caso, todos los grupos existen como partes de un plan común y al servicio de ese nuevo y terrible orden mundial al que, con paso firme y feliz, te acercas cada día pidiendo a gritos que te escojan y te alisten. Y si, hablo en gerundio porque está ocurriendo precisamente ahora, y no te estás enterando.

Aïssa López
20 de Julio de 2015

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