Raciocinio vs Sensibilidad al Arte

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¿Es posible que un exceso de raciocinio dañe la sensibilidad artística del sujeto? Quizás para disfrutar del arte habría que dejar aparcada la mente analítica y racional para dejarse llevar por la propia capacidad de percepción del subconsciente, suponiendo que sea ahí donde resida las sensibilidad hacia lo extraño, la belleza y el arte.

¿Podríamos inferir entonces que determinadas personas que ejercen un control férreo sobre sus emociones e impulsos, mediante una postura ante la vida en general extremadamente objetiva y cuadriculada, son menos sensibles al arte? Entendiendo por sensibilidad al arte no el estudio de colores, luces y sombras e intencionalidad de la escena, sino entendiendo por sensibilidad al arte “todo aquello que se percibe aunque no se vea a simple vista; todo aquello que se capta y nos impregna pero no puede ser transmitido ni explicado, tan sólo experimentado”.

Para disfrutar de cierto tipo de obras, como las creadas en el contexto del surrealismo, hay que desprenderse de prejuicios, de etiquetas y de esa actitud obsesiva por pretender darle a todo una explicación. Dentro de determinados ejercicios artísticos, sencillamente no existe espacio para la explicación, para el “por qué” ni para la definición exacta. Esto puede poner muy nervioso a ese grupo de personas a las que nos referimos, que basan su vida en un espejismo autofabricado de control absoluto sobre todas las cosas, y que presumen de “normalización social” y de seguir las pautas y cánones establecidos, que se acuestan tranquilas cada noche porque nunca hacen nada extraño o que salga de lo definido como “normal”.

Cuando contemplo una obra de David Lynch, ya sea plástica o audiovisual, desactivo completamente mi hemisferio izquierdo, ese que “busca” explicaciones a todo lo que procesa. Sencillamente me dejo atrapar por la atmósfera, por la belleza de las imágenes y “acallo” mi cerebro consciente y racional para “escuchar” los deleites que mi otro cerebro, el del hemisferio derecho, tiene que transmitirme: ese parte de mi mente que es incompresible, enigmática, ignota y, definitivamente, apasionante.

Todo esto vuelve a vincularse a una idea —convertida ya en norma en mi vida cotidiana— que aplico a toda obra creativa propia y ajena, sea de la índole que sea, en diseño o en arte: no se trata del qué, sino del cómo. Las ideas pueden ser mejores o peores, más o menos originales, pero definitivamente es la “forma” en que plasmamos y ejecutamos esa idea lo que diferencia nuestra obra del resto. Esto parece muy obvio y evidente para todas las personas pero, ¡curiosidad! en la vida cotidiana la mayoría de la gente ni lo aplica ni lo consigue comprender de verdad.

Para aquellos a los que les encanta “medirlo” todo, cuantificar y clasificar cada gesto, cada minuto de su vida, cada acción y cada observación, el concepto de “forma por encima de idea objetiva, forma por encima de significado” debe sonar disparatado. Pero hay cosas, muchas, que no se pueden analizar con un método científico o comprender, o que, sencillamente, no se deben ni analizar ni comprender, sino simplemente sentir. A todas esas personas les aconsejaría que apagaran un poco su mente analítica y activaran el estado de sentimiento puro. Tan sólo hay que dejarse llevar, relajarse, no pensar sino dejarse atrapar, no atormentarse con el “qué” me están contando o el “por qué”, sino simplemente disfrutar con la “forma” en que ese suceso artístico único llega hasta ti. Aunque quizás, por muchas explicaciones y consejos que podamos dar a esas personas, jamás lleguen a servir de nada, porque como dice un buen amigo mío, Gonzalo Caputto, “la sensibilidad al arte ni puede ser explicada ni puede ser aprendida. Sencillamente, o naces con ella o no la tendrás jamás”.

 

Aïssa López
04 de Noviembre de 2015

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¿Qué es la excelencia en diseño?

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La excelencia es un grado de perfeccionamiento. La excelencia como cualquier otra cosa también es relativa a algo. No existe la excelencia como algo común a todo y a todos; no se trata de un cenit o un punto culminante que debemos alcanzar y que prevalece equidistante de cualquier proyecto, tarea o propósito. Porque la excelencia no es algo predefinido y con unos valores universales a los que reverenciar. No es la misma montaña que todos vemos y que todos queremos escalar.

A la excelencia hay que medirla con cada resultado, analizarla y sentenciarla con respecto a lo que has hecho, con respecto a esa obra en concreto. La ecuación para evaluar si se ha alcanzado estará formulada por la estética, el funcionamiento y el contexto del diseño.

¿Cómo mediremos el alcance de la excelencia en el diseño? En primer lugar debemos analizar la estética, y, en segundo lugar, debemos analizar el funcionamiento. Obtendremos así la suma de ambas, que sería el equilibrio entre belleza y eficacia, es decir, funcionamiento final del diseño. En tercer lugar, valoraremos este equilibrio dentro del “contexto”:  La belleza proviene del arte; la eficacia depende del plan de comunicación y de las directrices de marketing, y es puro diseño al servicio de un propósito comercial. Alcanzar la excelencia en diseño es conseguir la máxima nota en estos dos pilares, en base a un contexto.

El contexto es lo que determina el punto de referencia, es decir, el contexto es la variable maldita que deberemos tener en cuenta para finalizar nuestro juicio de la excelencia. El contexto es el terreno, parcela o lugar donde descansan los dos citados pilares. Porque estética y comunicación están, como en cualquier trabajo de diseño, supeditados a los medios que nos hayan proporcionado, al tiempo facilitado para su desarrollo y a la expectativa generada por el cliente que nos ha encargado dicho trabajo. Todo ello junto, es decir, medios, tiempo de entrega y expectativa, conforman el “contexto”.

De esta forma, no hay una regla fundamental ni global para medir sistemáticamente si un diseño ha alcanzado el grado de excelencia. Sólo puede ser evaluado con respecto a su “contexto”.

De esta forma, “mejor” o “peor” depende de ese “contexto”.

De esta forma, una vez más, se constata que todo es “relativo” a algo.

 

Aïssa López.

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