La verdad de los polos opuestos

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¿Los polos opuestos se atraen? Menuda frase… Estúpida y poco original.

“Estar enamorado significa que los dos miramos en la misma dirección…” Yo defendí esta afirmación durante muchos años. Y lo sigo haciendo. Al final, puedes llegar al mismo punto, pero haciendo el recorrido por veredas y senderos distintos. Porque hacer todo el camino juntos es muy cansino y provocará más tensiones que placeres. Además, las personas deben desarrollarse y crecer por sí mismas; y no puedes hacerlo si estás permanentemente conectado, alineado y sincronizado con otra persona.

El camino siempre debe ser individual. Debe ser personal e intransferible. Debe ser una experiencia a medida que te haga madurar como individuo. ¿Qué es lo importante para ti? ¿El camino, el viaje? ¿O el objetivo, el final, la meta? Esta pregunta es tan compleja que es imposible conciliar respuestas de ambos bandos; quizás en esta encrucijada surge la paradoja.

No debemos concebir la relación como un vehículo para alcanzar un objetivo final, sencillamente porque no lo hay. (No hay vehículos). La convivencia es un proceso diario. No hay un fin. La convivencia es un “estado de conexión” entre personas. Aunque sí existe un centro común en los enfoques. En esa rutina diaria debe existir respeto y tolerancia. Y espacio para uno mismo. Y libertad de opinión; libertad para las ideas, para las ocurrencias y las pequeñas locuras e inocentes mentiras. Debe haber “confianza” para permitir todo eso.

Si le preguntaras a Eduardo Sunset acerca de la felicidad, te diría que la felicidad no es algo que alcances al final, no es un objetivo ni un fin en sí mismo, sino un proceso, un estado que experimentas a ratos durante el viaje de ida. Es decir, según él, la felicidad son “efímeros momentos” que se dan en el “camino” y no algo que debes alcanzar. No hay un cenit en el que todo es felicidad ni una montaña que escalar para alcanzarlo. Y tiene razón. Pero no es aplicable a una relación sentimental. La diferencia la comprendí el otro día mientras charlaba con mi amigo Manuel Pérez, y reflexionábamos escribiéndonos por la aplicación “Mensajes” de iOS como suele ser costumbre entre nosotros. Creo que, sin darse cuenta, me dio la clave para comprender esa diferencia, y viene dada por un uso correcto de las palabras y una definición exacta de las mismas: No hablamos de alcanzar la felicidad; hablamos de “funcionamiento”; y ahí reside el punto. Los polos opuestos en una relación sentimental no se atraen, sino que “funcionan” en conjunto. En una pareja, lo que mejor funciona a la hora de la convivencia es que cada miembro tenga una personalidad, gustos, apetencias y propósitos distintos al del otro miembro. Observen y mediten en esta diferencia de términos lingüísticos: atracción versus funcionamiento. ¿Cuál de esos dos términos piensan ustedes que podría estar más vinculado a un estado de felicidad? “Atracción” se acerca más a lo superficial, al deleite de la carne, a lo intranscendente y, por todo ello, a lo más breve. En el otro lado de la balanza, “Funcionamiento” denota un mecanismo más complejo, un nivel más intrínseco y profundo en el entendimiento, una mayor garantía a largo plazo y, por consecuente, convierte en trascendental la relación. No nos interesa que los polos opuestos se atraigan; nos interesa que funcionen.

En una relación sentimental buscamos objetivos, e incluso, debemos enfocarlo todo a esos objetivos. No importa el cómo o el por qué. Existen esos objetivos que debemos alcanzar. Y ahí surge la diferencia y la importancia de ser diferentes. Es decir, él y yo, como parejas y como enamorados, miramos hacia la misma dirección aunque desde ángulos distintos. Y esa es la cuestión central. No importa cuán distinto seas de tu pareja —e incluso, mejor—; lo importante es que surja la convergencia entre ambos en los asuntos primordiales, en los principios básicos. No importa que él lo vea de color rojo y yo de color verde. Lo importante aquí, en este caso específico, no es el color del cristal con que se mira; lo importante es que los dos miramos el mismo objeto y debemos reconocer y admitir esa discrepancia para beneficiarnos de lo que nos puede aportar: descubrimiento. Y todo lo demás… Bueno, todo lo demás sólo puede suponer riqueza… ¿Parece poco?

Ser distintos es enriquecernos unos a otros. En la diversidad se origina el descubrimiento de nuevas experiencias y nuevas sensaciones, de nuevos placeres y nuevas perspectivas. El hecho de que tu pareja sea muy distinta a ti, no garantizará que os “atraigáis” más… Pero sí propiciará que la relación “funcione”. Funcionamiento… He aquí la clave. La palabra “funcionamiento” en una relación sentimental es tan incomprendida como la química que se forma en el sujeto cuando alguien, de súbito, le produce morbo y satiriasis, aunque esa otra persona carezca de los parámetros de belleza universalmente reconocidos y aceptados. Es entonces cuando decimos “no es cuestión de que sea guapo o guapa, sino de que le guste a él o a ella, de que le atraiga”. Por eso, a partir de ahora, deben dejar de preocuparse por hallar el mayor número posible de puntos en común con sus respectivas parejas. ¡Al diablo con ello! ¡Sean un poco más atrevidos y valientes! ¡Salgan de su zona de seguridad —que sólo les deparará aburrimiento a la larga— para explorar el exotismo que supone vincular sus vidas a alguien completamente distinto! Enfóquense sólo en vislumbrar la fórmula para que funcione, mediante el respeto y la capacidad de dejarse sorprender, seducir y admirar por lo ignoto que su pareja representa para cada uno de ustedes.

Por eso vuelvo al origen de este artículo y la lección que extraje de mi breve charla con Manuel: la importancia de definir correctamente las cosas. No se trata de “atracción” sino de “funcionamiento”. Y funcionar no significa “ser compatible”. Significa que, sencillamente (y a veces sin explicación lógica posible), algo es viable, algo puede llevarse a cabo, algo produce resultados positivos. Resultados. Una vez más, volvemos a la importancia de la meta final, más que el camino, en lo que a la relación se refiere en términos concretos. La convivencia debe ser espaciada, libre, permisiva y respetuosa. Porque lo verdaderamente importante está en lontananza, cuando alzamos la cabeza y oteamos el horizonte y sentimos que, cuando lleguemos a aquel lugar, no estaremos solos y será entonces cuando sabremos que el arduo camino recorrido habrá merecido la pena.

Aïssa López
25 de Noviembre de 2015

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Vivimos para replicar la impronta de lo vivido

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Nos pasamos la vida intentando replicar aquello que tanto nos gustó la primera vez. El primer amor, la primera vez que tomamos drogas, nuestra primera eyaculación, la sensación de conducir nuestro primer coche, nuestro primer éxito laboral… nuestro primer “lo que sea”… Hasta convertirnos en máquinas de consumo que pierden el norte.

Cuando hacemos algo por primera vez que nos gusta mucho, queda una “impronta” en nuestro cerebro que nos conduce, sin que podamos evitarlo, a una espiral de replicación: queremos volver a sentir lo que sentimos esa primera vez, revivir lo vivido pero exactamente de la misma forma, confundiendo dicha “impronta” con la felicidad. Un deseo obsesivo que se vuelve más complejo e inexacto en cada ocasión, porque los recuerdos no son perfectos, sino que el cerebro los reconstruye cada vez que los evocamos y accedemos a ellos, con lo cuál, esa versión del recuerdo original —que nunca ha sido tal—se distorsiona más y más con el paso del tiempo, vamos re-interpretando la misma memoria repetidamente, ajustándola inconscientemente a un ideal deformado que evoluciona y madura junto con nosotros mismos. Y todo está dentro de nuestra mente. Nosotros mismos generamos esa impronta, iniciamos el deseo y buscamos desesperadamente volver a sentir lo mismo, atrapándonos sin percibirlo en un círculo vicioso sin aparente salida.

Todo el complejo mecanismo publicitario en el que estamos suspendidos, que nos alimenta y nos controla —somos hijos del marketing—, está edificado en base a esa serie de “improntas”. Los analistas de mercado, los sociólogos y los gurús de los negocios trabajan sin descanso para vendernos los más variados productos y servicios con la promesa escondida de hacernos “revivir” esas sensaciones. La venta de “experiencias”. No nos venden un nuevo modelo de coche, sino el placer que experimentaste la primera vez que te subiste al auto y te sentiste libre al volante recorriendo la carretera —¿Te gusta conducir?”—. No nos venden un nuevo reloj inteligente, sino el dispositivo más personal e íntimo jamás creado, que transmite tus emociones, como el latido de tu corazón —”The Watch is here“—. No nos vendieron el refresco, sino lo que sentiste la primera vez —”Coca Cola es sentir de verdad“—.

En la sociedad actual del consumo, la persona puede revivir esa “primera vez” de dos formas: mediante la constancia o mediante la búsqueda constante. La constancia nos proporciona una adicción contenida y controlada: el toxicómano que ya sabe y conoce la dosis exacta que necesita para “volver a sentirse” como aquella primera vez pero sin que eso le destroce la vida. El trabajador constante, que mantiene la ilusión por aquello que hace cada día, totalmente entusiasmado cada vez que suena el despertador. A éste último la empresa no le compensa su trabajo con más dinero, sino motivándolo mediante un estudiado programa de coaching que le hará partícipe de un gran proyecto: le hace formar parte de algo grande. Lo convierte, de esa forma, en peón de un plan megalómano donde somos productos de nuestro propio hacer, para beneficio de unos pocos, los otros.

La búsqueda constante, sin embargo, es un viaje sólo de ida, y no conduce a puerto alguno. El que se pasa la vida buscando conseguir replicar esa primera vez, exactamente de la misma manera, es el que saltará de flor en flor, enamorándose y rompiendo corazones continuamente, infinitas veces, a lo largo de toda su vida. El que se queda atrapado en la espiral de la búsqueda constante, es el drogadicto descontrolado, que busca y prueba nuevas substancias, pues ya no le sacia la primera dosis, y necesita más y más en su sempiterna queja y discurso de lo escaso e insuficiente, y termina destrozándose en la agonía de su propio vicioso. Pero también es aquél friki que siempre quiere poseer lo último en tecnología, que se gasta todo lo que no tiene por satisfacer una inquietud incontenible de consumismo. Y también es aquél soñador que queda embelesado ante el spot de televisión de Gucci, devastando sus tarjetas de crédito e hipotecándose de por vida para acercarse a ese modelo de vida tan irreal como inalcanzable —pues fue diseñado a medida para vender— que le proponen con aguda maestría.

Sea como fuere, cada persona elige, de manera natural y sin planteárselo, uno de esos dos caminos en la sociedad de consumo, en función de su propia naturaleza y forma de ser.

Aquél que opta ser constante se vuelve regular, previsible, monótono; aunque también consigue ser equilibrado, estable y seguro. Sin embargo, aquél que opta por ser un explorador de la búsqueda constante se transforma en un alma apasionada. Es espontáneo, sorpresivo y atrevido, se mueve siempre en el piélago de la rutina, atoando su buque inspiracional hacia nuevos e ignotos espacios que necesita conquistar. El riesgo le vuelve rijoso y, en su sardónica pesquisa, arrastra y convence a quienes le rodean con un hechizo compuesto de entusiasmo y frenesí.

El primer individuo, el constante, suele proporcionar seguridad y estabilidad a sí mismo y a los demás; el segundo, el explorador, aporta diversión y ruptura de la monotonía, es la pura encarnación de la tentación y la diversión desmedida. Aunque ninguno de los dos, por separado, nos llevará a una vida más plena ni mejor, sino al colapso, pues los dos son piezas del mismo puzzle de la Sociedad de Consumo. Entonces, ¿qué podemos hacer para hallar un camino correcto?

La respuesta no es sencilla. Ninguno es mejor que el otro, ni peor. Ambos son un desastre a largo plazo —desastre para ellos mismos, aunque buenos consumidores para las grandes corporaciones, que siempre ganan—, por lo que la deducción de este silogismo pasaría por construir un nuevo perfil que aúne ambas conductas y que, además, se lo ponga mucho más difícil a los expertos en marketing. Es la mezcla de los dos individuos la que nos hará ser mejores y nos proporcionará un número mayor de instantes de felicidad —dejemos de confundir “felicidad con esas “improntas” iniciales. Dejemos de confundir “felicidad” con lo que nos venden cada día en la televisión, en las vallas de publicidad y en los banners de Facebook: la felicidad no se puede comprar, porque no se puede vender; y desde luego, las corporaciones que mueven los hilos de la sociedad en la que vives no pretenden hacerte feliz, sino manipularte para que te pases toda la vida picando el mismo anzuelo—.

Ese es el secreto para escapar de la brecha de oscuridad que circunda tu existencia: la búsqueda constante dentro de la constancia. Si elegimos este último camino, entonces estaremos deslizándonos por la madriguera del conejo blanco, descendiendo niveles, retirando velos que nos descubrirán nuevos desafíos, nuevos estratos del conocimiento, nuevos horizontes a superar, nuevas improntas a gestionar; sería como mantener el espíritu de un adolescente en el cuerpo de un hombre, gobernados por la mente madura de un individuo equilibrado e inteligente.

En definitiva, es conocer, analizar y superar la “primera vez”. Evitar a toda costa quedarse atrapado en esa “impronta” que nos marcó de por vida. Ser constantes, pero no monótonos. Ser amantes en vez de maridos dentro del matrimonio. Es decir… dejar de replicar esa “primera vez” y comenzar a “crear” otras “primeras veces” de todo, sin volvernos locos y sin dañar a los demás, y sin pretender comprarlo. Sólo la imaginación aplicada puede romper la monotonía y acercarnos a la atractiva vida del explorador constante. Y sólo el sentido común y el raciocinio aplicados nos puede proteger de los males de ese explorador constante, cual loriga enfundando nuestro corazón y alejándolo de la rueda de la perdición.

Extrae lo mejor de la constancia y lo mejor de la búsqueda constante: simplemente trata de mantener el equilibrio, la sensatez y la estabilidad mientras desciendes por la espiral de la búsqueda sin fin. Imaginación versus rutina. No dejes que otros imaginen tu vida, ni inventen lo próximo que debes sentir. Que la búsqueda constante se convierta en un tentáculo interminable y poderoso de tu constancia. De esa forma, madurarás, y serás mejor, y podrás moverte en la salvaje y despedida sociedad que nos ha tocado vivir sin ser un títere: serás mejor en el lecho del amor, descubriendo nuevas formas de satisfacer y sorprender a tu pareja, serás mejor como profesional en tu empresa y, en definitiva, te acercarás más a una constante de felicidad, olvidando en el proceso esa palabra maldita. Porque la felicidad no es más que una entelequia insertada en el camino y empaquetada como producto de marketing, que nos anima a seguir buscando, a modo de combustible para el viaje vital, pero no es la meta de dicho viaje. La felicidad no debe ser jamás un objetivo, porque no es más que un concepto inventado para ayudar a otros a vender más; es el arma más poderosa de la publicidad. Actúa con inteligencia y aprovecha la inercia del enemigo para vencerle: al fin y al cabo, sólo la búsqueda de eso que llamas felicidad conseguirá hacerte más feliz.

Aïssa López
27 de Julio de 2015

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Shadow of Love

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A todos los amantes desenamorados.

Puedo correr, huir,
pero no puedo ocultarme de esas horas
que me queman como llamaradas
no puedo ocultarme del recuerdo
de todas esas noches y esos dias
que pasamos juntos…

Estoy viviendo mi vida como una huida
Una huida terrible en la que intento ocultarme
de todos esos recuerdos macerados durante años
esperando que un dia despierte de esta pesadilla
y otro príncipe azul me rescate de la ocuridad.

Puedo correr y huir
pero por mucho que intente esconder mis sueños
en los lugares más recónditos,
yo siempre viviré a la sombra de tu amor…

Puedo huir pero no puedo ocultarme de lo que siento,
en otra hora más que me quema por dentro,
como un muñeco de papel hecho añicos…

Te perdí…

Y contigo ha quedado todo: mi vida, mis ilusiones,
mis propósitos y mis sueños de futuro.

Te perdí y sólo me queda de ti
la sombra de tu amor.

Aïssa López
Sevilla, 3 de Enero de 2008

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Atomos de Delicia (…o el Marketing del Amor)

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Para d.
Para Bárbara.
Para la Luz.

Me vanaglorio de haber salvado una generación de nacimientos encadenados, cuyo árbol genealógico tendría su origen hace aproximadamente dos años, cuando Mike, un chico inteligente y superdotado intelectualmente vino a mi mundo una cálida noche de verano, cabizbajo y abatido porque la magia de la relación que había mantenido con su novia se había ido apagando paulatinamente, hasta reducirse a una millonésima y paupérrima llamarada de lo que fuera otrora su amor por ella. Y esa noche, ante la presión de tomar una decisión, le sucumbía la idea de la ruptura definitiva, y vino a mi como un crío desvalido para que le arrojara un poco de luz en el momento final. Yo, que esa noche me sentía inspirado por el cielo despejado y las estrellas que me observaban desde el ignoto pasado prehistórico, desarrollé improvisadamente, y sin pretenderlo, una teoría objetiva sobre las relaciones de amor que deslumbraría a mi joven amigo y provocaría un giro inesperado en la trayectoria de toda su vida.

Me refiero, obviamente, a la teoría del Marketing del Amor, esos átomos de delicia.
Esencialmente el gran fallo de todas las relaciones sentimentales consiste en creer que el trofeo ya ha sido ganado. Una de las dos partes amadas, concretamente la seductora, idealiza a su futura novia como la presa a la que ha de dar caza. Sus objetivos, pues, se reducen a hacerse con dicha joya. En ningún momento se plantea el momento después, sólo le importa engatusar a esa joven mujer y atraparla indefinidamente.

El problema es que, una vez que el joven seductor articula toda la parafernalia milimétricamente estudiada para impactar y apoderarse de su trofeo tan ansiado, el joven pierde irremediablemente el interés por su joya. El trofeo ha sido capturado y luce a su lado cual cabeza cortada de un bravo toro.

En ese momento la heroína, esa chica enamoradiza, joven y guapa, que en ningún momento se había fijado en ese chico, Mike, hasta que un día él había comenzado a provocar encuentros románticos y había despertado su curiosidad con poemas, miradas sugerentes e invitaciones para salir el sábado por la noche, esa chica siente cómo su vida comienza a ser atraída como un imán por el encanto de ese joven atractivo y amable, que la agasaja, la respeta, le da un lugar quizás olvidado en su propia vida y, finalmente, casi la idolatra. Es en ese instante que Bárbara, la chica atiborrada por el encanto apabullante de ese joven seductor, comienza a ver en él una persona especial, cuando ella se abre y se deja observar interiormente, y decide dar el paso de compartir con él todo cuanto posee, siente y piensa. Y ése, ciertamente, es un paso muy importante y meditado para una mujer ¡Y vaya, menuda sorpresa! También es en ese momento crucial, cuando más enamorada y feliz se siente, que comienza a percibir una extrañeza en la relación que tan bonita había sido al principio: algo está cambiando, algo indefinido. Al principio se tapa los ojos, no quiere reconocerlo. Luego no le queda más remedio que aceptar que en efecto su chico ideal parece no ser el mismo, o al menos ciertos detalles que antes parecía tener con ella ahora merman por el descuido de él. Pasan los días, quizás los meses. Y dependiendo de la naturaleza y fortaleza de ambas partes, puede que hasta años. La vida transcurre. Mike, el chico en otro tiempo seductor, se ha vuelto menos interesante e interesado.

A ojos de ella el chico ha ido perdiendo su encanto, ya no es lo que era, se siente quizás olvidada o ignorada o al menos infravalorada. La relación se enfría. La distancia se abre camino entre ellos marcando la inminente ruptura del mundo interpersonal. Bárbara, encandilada aún por las reminiscencias de la seducción del comienzo, resiste y despoja de su mente cualquier idea de abandono. Pero es como volverse a engañar: las cosas no son como eran, ya todo ha cambiado y ella no se siente feliz.

Por su parte, Mike siente que hizo un gran esfuerzo desorbitado por conseguir aquello de lo que se había enamorado día a día, una inversión de noches en vela y días ensimismado en eróticos y bellos pensamientos. Pero se siente también defraudado. Porque después de tanto esfuerzo y dedicación, y ahora que por fin la tiene, no sabe por qué pero ya no es tan intrigante y su vida se ha paralizado de repente: lo ha dado todo, ha puesto en marcha sus mejores tácticas masculinas para atraer a una mujer, se ha lucido como un pavo real, y ha sido admirado y reconocido por ella, pero ahora… ahora ya ha terminado la magia, porque la tiene, la posee, y un nuevo sentimiento lo aborda paulatinamente, como un traidor sigiloso: debe ser para él. Ese deseo de posesión se hace presente, va cobrando fuerza al tiempo que la sutileza y encanto de su propia persona se van esfumando y su actitud hacia ella se hace más y más fría. La ama, o al menos, en lo más profundo de su corazón, sabe que puede seguir todavía enamorado de ella, y por eso mismo no quiere perderla. Pero confunde el ser dueño de su amor, con ser dueño de su persona, y aquí comienzan los problemas.

Las fases siguientes en esta disección de las relaciones sentimentales pasan por un error esencial en la manera de enfocar las cosas. El chico pierde objetividad a toneladas y su mente se turba con el sentimiento de posesión, un sentimiento primitivo y congénito, que transforma su carácter como una larva de monstruo. Ya no es él. Ahora pretende atraer la atención de ella nuevamente, pero no lo hace inteligentemente, porque la semilla de la posesión ha dado su peor fruto: los celos. El muchacho, distorsionado, piensa mal de Bárbara. Quiere retenerla a veces incluso contra la voluntad de ella. Desea llamar su atención, pero optando por un sistema enfermizo: se hace la víctima, vuelca en ella su propio desbordamiento interior, provoca discusiones en ocasiones absurdas, sobrevalora detalles insignificantes haciendo de ellos una montaña de pesares, y cualquier error de ella lo magnifica para demostrarle que es inferior a él, y que, de alguna manera, depende de él hasta para su propia supervivencia. La humilla sin saberlo, porque no es él, es una marioneta descontrolada de los celos, el aburrimiento, el hastío.

La dejadez y el relax han llevado a esta relación hasta este estado de declive. El primer fallo por parte de él: ahora que tengo lo que deseaba, me relajo. Y en el amor, nunca jamás puede uno bajar la guardia y relajarse. El amor es una lucha constante, y nunca hay vencedor ni vencido. El amor precisa de diarias dotes de inteligencia para animar la relación. Y jamás hay que perder el norte: respetar el concepto de libertad y los derechos primordiales y constitucionales de la otra media naranja.

El amor es como un ser vivo que necesita cuidados regulares. Pero más exactamente, el amor es una complejísima herramienta y la relación de pareja es el producto resultante de una intrincada tela de araña tejida con dicha herramienta. Así que como producto precisa de una promoción, de una estrategia de marketing para que tenga éxito comercial. Debemos ver a nuestra pareja como el cliente final, y ser conscientes de la competencia, y de que muchos otros individuos intentarán atraer la atención de ese consumidor nato con sugerentes propuestas y productos sentimentales más sofisticados. Por ello mismo, durante el transcurso de la vida útil del producto sentimental, debemos plantear una estrategia regular que haga atractivo y suculento nuestro propio producto.

El ser humano está hecho de fantasía y le gusta soñar. Debemos despertar la imaginación y el interés de nuestra pareja mediante originales técnicas de seducción. Pero también el ser humano se aburre con facilidad. Por ello mismo debemos evitar la saciedad. Con el hastío languidece la relación y todo se torna gris. Bonus si brevis, bisbonus. Todos los productos necesitan ser rediseñados cada cierto tiempo, para adaptarlos al momento que acontece y sean así compatibles. Así pues, también nuestra relación precisa de rediseños relativamente constantes. Quien desea amar, debe trabajar para ello. El amor requiere grandes dosis de originalidad para deslumbrar siempre a nuestra pareja.

Diseñaremos cada aspecto de la relación a medida, pero sin que la otra persona se percate de nuestros nuevos objetivos. La inserción debe ser suave, los cambios bruscos no son recomendables. Y para que el nuevo producto tenga éxito en nuestro mercado de sentimientos, debemos antes conocer y analizar a nuestra pareja. Sólo con la observación detenida de nuestro amante obtendremos datos suficientes para elaborar el nuevo producto: un enfoque distinto de la relación en el momento justo, hará que el aburrimiento remita, la intriga se haga patente y la magia retorne. Conocer a nuestra pareja es una obligación.

Con cada estrategia meticulosamente estudiada casi podremos prever las reacciones de nuestro cliente amado. Aunque a veces la aleatoriedad y variedad de procesos químicos que intervienen en la mente de una persona es desbordante, y por ello mismo debemos estar preparados, elaborando un sistema interactivo de estímulos predeterminados. La construcción de dicho sistema requiere gran destreza psicológica, ya que consiste en agrupar cuatro o cinco factores estimulantes efectivos en la otra persona.

Controlándonos, podremos aplicar más cantidad de cada uno de ellos o restarle efectividad a otros, dependiendo de la situación y de lo que necesitemos conseguir.

La misma destreza psicológica se precisa para saber acertar en los comentarios. El marketing efectivo es aquel que le da al público lo que el público demanda. Debes saber lo que necesita tu pareja, y proporcionárselo. Y en ello, es más útil el envoltorio que el contenido. Contrariamente a lo que comúnmente se piensa, a veces, más que demostrar que se ama, se necesita aparentarlo.

La apariencia: esa gran máscara que tantas sensaciones mueve y tanto éxito proporciona. El amor bruto no es digerible y por ello debemos darle forma: ponerle un lazo de fiesta, decorarlo con unas flores secas, distribuirlo en una caja curiosa como parte del packaging ideado. El ser humano se ha deformado por la manipulación de los poderes fácticos y la expansión de los centros comerciales. Su espíritu actual es un espíritu de consumo, y se ha habituado al diseño hasta en su mínima expresión. Da igual que un abogado sea nefasto y no resuelva ningún caso, si tiene un despacho grande y una campaña de imagen infalible, será el mejor, porque la gente admira la apariencia del éxito, no estrictamente el triunfo de esa persona.

Y esa es la idea: promoción.

Promocionar una noche mágica, una cena romántica, una sorpresa programada… da igual que la noche sea como la de cualquier otro día, la cena corriente y la sorpresa algo insignificante, porque la ilusión se habrá creado a partir de esa estrategia de promoción, y se habrá conseguido una vez más alimentar a la relación.

…Y decir, por ejemplo, te amo. No basta con amar concienzudamente cada día, hay que decirlo con regularidad, expresar con palabras lo que haces sentir. Asimismo también hay que percatarse de qué cosas no se deben decir. Porque en efecto existen cosas que nunca jamás se deben preguntar, o comentar. Aunque nos veamos obligados a cambiar ligeramente la versión de un hecho, o a soltar una mentira piadosa, cualquier recurso será válido para evitar decir eso que no debemos. Hay preguntas que nunca deben realizarse, y confesiones que se deben ocultar. La sinceridad es fundamental pero como todo hay que administrarla con sagacidad. Un exceso de sinceridad puede provocar dolor involuntariamente y arruinar la salida al mercado de nuestro producto rediseñado. Y a Mike le sucedió también algo de eso en su relación con Bárbara. Comenzó a hacer uso indiscriminado de su sinceridad para provocar una reacción en ella, una respuesta. Huir de la horrible monotonía es saber aplicar la sinceridad y evitar las repeticiones, y saber cuándo callar.

Escuchar: el silencio es valioso, es como el corte en negro de tres segundos en una película, te ofrece un respiro, una efímera desconexión, un desahogo. Se agradece un poco de silencio, es la manera ideal de escuchar a la otra persona, haciéndola sentir que de verdad te interesas por ella.

Mike escuchó con detenimiento la teoría de los Átomos de Delicia y a partir de esa noche comenzó a ver a su novia como una persona en primer lugar, llena de derechos y necesidades básicas, y no como el objeto de deseo y posesión que creía que era. Y es que cuando Mike quiso abrir los ojos, vio por primera vez un mundo lleno de misterios y encantos en Bárbara. Cuando alguien quiere ver, descubre que la vida está llena de maravillas que siempre estuvieron allí. Mike comenzó por darle sus momentos de privacidad a su novia, y a fomentar su intimidad y sus instantes de silencio tan agradecidos, para que así recuperara la fe en si misma, y se preocupara de su persona, de elevar su autoestima. Y un día, sin más, le dijo: hoy estás bellísima. Se planteó la relación como un reto que debía afrontar cada día, pero al enfocarla de manera creativa, le pareció un reto satisfactorio ya que además de comprobar el brotar de la felicidad extinta en ella, él mismo aprendió a beneficiarse de esa obra de ingeniería sentimental y comenzó a sentirse lleno de vida.

El Marketing del Amor puede sonar a frivolidad, si bien es cierto que es una manera de analizar objetivamente la relación de Mike con Bárbara, que es el prototipo de relación estándar.

Aquella cálida noche de verano, cuando ese chico joven e inteligente vino a mi a pedirme consejo, le dije que no se engañara: es tarea del corazón engendrar amor y generar energía, pero la gestión sentimental debe ser llevada a cabo por la mente. Controlando y estableciendo un justo equilibrio entre ambos se conseguirá una relación brillante. Y es que al final todos debemos ser analistas de mercado, y comprender, como dijeran los protagonistas de Blue Velvet al final del filme, que el amor es otro mundo.

 

Aïssa López
30 de Mayo de 2006

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