El trampantojo de las personas normales

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Sospechen de las personas excesivamente normales. Una cosa es el raciocinio y la lucidez mental, y otra muy distinta es vivir dentro de un marco fronterizo de extrema y perpetua “normalidad” pública. No olviden que necesitamos llevar a cabo pequeñas locuras para no volvernos locos.

Aquél que niegue esos “actos extraños” que todos cometemos, estará mintiendo, en un intento enfermizo por aparentar ser la persona más cabal, racional y madura con la que te puedas topar. Probablemente actúe así porque busca sentirse mentalmente superior a otras personas, y oculta ante los ojos de los demás esas pequeñas cosas “incomprensibles” para que nadie pueda criticarlos. En el fondo estas personas padecen un miedo intenso a ser criticados, un complejo de inferioridad que les lleva a forzar en extremo una conducta normal. Evitan cometer o expresar excentricidades (o, al menos, darlas a conocer) para que no sean criticados. Es una evasión constante del juicio critico social al que todos nos sometemos a diario y que forma parte de nuestra sociedad humana. Sienten vergüenza, temor, miedo al ridículo, y soportan mal las críticas. Esto es así porque se ofenden con facilidad, ya que crean un concepto distinguido de sí mismos que les lleva a disfrazarse con un personaje políticamente correcto, dotado de gran inteligencia, gran sentido del humor y, en definitiva, con todos los parámetros más profusos y variados para mostrar esa imagen de “persona culta, capaz, competente, que puede hablar de cualquier tema, en la que se puede confiar y con la que puedes pasarlo genial”. Cualquier mínima crítica hacia su persona (en realidad, hacia ese personaje inventado a medida), será cuidadosamente analizada, largo y tendido, para intentar ser comprendida, no sin cierto dolor, porque no debemos olvidar que, en realidad, no son ellos mismos en su pureza intrínseca como sujetos y entes conscientes los que han sido criticados, sino ese personaje en el que se enfundan cada día, esculpido a medida por ellos mismos para ser exitoso en la sociedad. Por eso precisamente suelen soportar mal las críticas, porque todo ese esfuerzo llevado a cabo durante toda la vida para crear ese personaje perfecto parece haber salido mal. Y es lógico, cuando dedicas mucho tiempo a hacer algo con todo tu empeño y luego viene alguien que te intenta hacer ver los fallos que has cometido… no suele sentar bien, pero al mismo tiempo, quieren asimilarlo para pulir aún más a ese personaje social.

Estas personas “normales” abundan, son la mayoría; no piensen que se trata de casos aislados y específicos. Son todas a esas personas que solemos ver a diario; aquellas que nos parecen inocuas y comunes. Estas personas “normales” actúan así por culpa de la educación que han recibido de sus padres o tutores. Han sido criados con la máxima de “llegar a ser más de lo que realmente son”, o incluso “alguien que no son en realidad”. Con la meta de tener que entender de todo: suelen hacer cosas que no les gusta, pero las hacen para poder luego opinar en sociedad, y demostrar que también pueden dominar ese tema en concreto. Por ejemplo: son capaces de ver un partido de fútbol entero, esforzándose incluso por emocionarse, aunque en el fondo detesten el fútbol e incluso no sientan interés alguno por el deporte en general. Pero de esa forma podrán comentar dicho partido con sus amigos o en un círculo social cualquier. Alimentarán ese personaje público tan perfectamente elaborado, y aparentarán así ser más competentes, listos y estar más integrados en el mundo. Por supuesto, mantener una actitud políticamente correcta es parte fundamental de la estrategia social de estos individuos enmascarados.

Sospechen, y mucho, de estas personas a las que parece tarea harto difícil encontrarles un fallo. Sospechen absolutamente de las personas que aparentan ser tan “normales”, pues nadie lo es en realidad. Y recuerden que, mientras se relacionen con estas “personas normales” estarán siendo amigos de un ente artificial. Cada vez que dialoguen, estarán hablando con un personaje inventado, tan integrado e interiorizado que será muy creíble, pero al fin y al cabo, esa conversación no dejará de ser falsa e infructífera. Y cada vez que lo vean sonreír, sólo estarán viendo sonreír su tan elaborada máscara de carne y hueso, ajustada al milímetro. Miren alrededor y analicen a sus amigos, conocidos y familiares, y descubrirán con horror cuántas personas normales hay en su vida.

 

Aïssa López
24 de Diciembre de 2015

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La verdad de los polos opuestos

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¿Los polos opuestos se atraen? Menuda frase… Estúpida y poco original.

“Estar enamorado significa que los dos miramos en la misma dirección…” Yo defendí esta afirmación durante muchos años. Y lo sigo haciendo. Al final, puedes llegar al mismo punto, pero haciendo el recorrido por veredas y senderos distintos. Porque hacer todo el camino juntos es muy cansino y provocará más tensiones que placeres. Además, las personas deben desarrollarse y crecer por sí mismas; y no puedes hacerlo si estás permanentemente conectado, alineado y sincronizado con otra persona.

El camino siempre debe ser individual. Debe ser personal e intransferible. Debe ser una experiencia a medida que te haga madurar como individuo. ¿Qué es lo importante para ti? ¿El camino, el viaje? ¿O el objetivo, el final, la meta? Esta pregunta es tan compleja que es imposible conciliar respuestas de ambos bandos; quizás en esta encrucijada surge la paradoja.

No debemos concebir la relación como un vehículo para alcanzar un objetivo final, sencillamente porque no lo hay. (No hay vehículos). La convivencia es un proceso diario. No hay un fin. La convivencia es un “estado de conexión” entre personas. Aunque sí existe un centro común en los enfoques. En esa rutina diaria debe existir respeto y tolerancia. Y espacio para uno mismo. Y libertad de opinión; libertad para las ideas, para las ocurrencias y las pequeñas locuras e inocentes mentiras. Debe haber “confianza” para permitir todo eso.

Si le preguntaras a Eduardo Sunset acerca de la felicidad, te diría que la felicidad no es algo que alcances al final, no es un objetivo ni un fin en sí mismo, sino un proceso, un estado que experimentas a ratos durante el viaje de ida. Es decir, según él, la felicidad son “efímeros momentos” que se dan en el “camino” y no algo que debes alcanzar. No hay un cenit en el que todo es felicidad ni una montaña que escalar para alcanzarlo. Y tiene razón. Pero no es aplicable a una relación sentimental. La diferencia la comprendí el otro día mientras charlaba con mi amigo Manuel Pérez, y reflexionábamos escribiéndonos por la aplicación “Mensajes” de iOS como suele ser costumbre entre nosotros. Creo que, sin darse cuenta, me dio la clave para comprender esa diferencia, y viene dada por un uso correcto de las palabras y una definición exacta de las mismas: No hablamos de alcanzar la felicidad; hablamos de “funcionamiento”; y ahí reside el punto. Los polos opuestos en una relación sentimental no se atraen, sino que “funcionan” en conjunto. En una pareja, lo que mejor funciona a la hora de la convivencia es que cada miembro tenga una personalidad, gustos, apetencias y propósitos distintos al del otro miembro. Observen y mediten en esta diferencia de términos lingüísticos: atracción versus funcionamiento. ¿Cuál de esos dos términos piensan ustedes que podría estar más vinculado a un estado de felicidad? “Atracción” se acerca más a lo superficial, al deleite de la carne, a lo intranscendente y, por todo ello, a lo más breve. En el otro lado de la balanza, “Funcionamiento” denota un mecanismo más complejo, un nivel más intrínseco y profundo en el entendimiento, una mayor garantía a largo plazo y, por consecuente, convierte en trascendental la relación. No nos interesa que los polos opuestos se atraigan; nos interesa que funcionen.

En una relación sentimental buscamos objetivos, e incluso, debemos enfocarlo todo a esos objetivos. No importa el cómo o el por qué. Existen esos objetivos que debemos alcanzar. Y ahí surge la diferencia y la importancia de ser diferentes. Es decir, él y yo, como parejas y como enamorados, miramos hacia la misma dirección aunque desde ángulos distintos. Y esa es la cuestión central. No importa cuán distinto seas de tu pareja —e incluso, mejor—; lo importante es que surja la convergencia entre ambos en los asuntos primordiales, en los principios básicos. No importa que él lo vea de color rojo y yo de color verde. Lo importante aquí, en este caso específico, no es el color del cristal con que se mira; lo importante es que los dos miramos el mismo objeto y debemos reconocer y admitir esa discrepancia para beneficiarnos de lo que nos puede aportar: descubrimiento. Y todo lo demás… Bueno, todo lo demás sólo puede suponer riqueza… ¿Parece poco?

Ser distintos es enriquecernos unos a otros. En la diversidad se origina el descubrimiento de nuevas experiencias y nuevas sensaciones, de nuevos placeres y nuevas perspectivas. El hecho de que tu pareja sea muy distinta a ti, no garantizará que os “atraigáis” más… Pero sí propiciará que la relación “funcione”. Funcionamiento… He aquí la clave. La palabra “funcionamiento” en una relación sentimental es tan incomprendida como la química que se forma en el sujeto cuando alguien, de súbito, le produce morbo y satiriasis, aunque esa otra persona carezca de los parámetros de belleza universalmente reconocidos y aceptados. Es entonces cuando decimos “no es cuestión de que sea guapo o guapa, sino de que le guste a él o a ella, de que le atraiga”. Por eso, a partir de ahora, deben dejar de preocuparse por hallar el mayor número posible de puntos en común con sus respectivas parejas. ¡Al diablo con ello! ¡Sean un poco más atrevidos y valientes! ¡Salgan de su zona de seguridad —que sólo les deparará aburrimiento a la larga— para explorar el exotismo que supone vincular sus vidas a alguien completamente distinto! Enfóquense sólo en vislumbrar la fórmula para que funcione, mediante el respeto y la capacidad de dejarse sorprender, seducir y admirar por lo ignoto que su pareja representa para cada uno de ustedes.

Por eso vuelvo al origen de este artículo y la lección que extraje de mi breve charla con Manuel: la importancia de definir correctamente las cosas. No se trata de “atracción” sino de “funcionamiento”. Y funcionar no significa “ser compatible”. Significa que, sencillamente (y a veces sin explicación lógica posible), algo es viable, algo puede llevarse a cabo, algo produce resultados positivos. Resultados. Una vez más, volvemos a la importancia de la meta final, más que el camino, en lo que a la relación se refiere en términos concretos. La convivencia debe ser espaciada, libre, permisiva y respetuosa. Porque lo verdaderamente importante está en lontananza, cuando alzamos la cabeza y oteamos el horizonte y sentimos que, cuando lleguemos a aquel lugar, no estaremos solos y será entonces cuando sabremos que el arduo camino recorrido habrá merecido la pena.

Aïssa López
25 de Noviembre de 2015

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Raciocinio vs Sensibilidad al Arte

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¿Es posible que un exceso de raciocinio dañe la sensibilidad artística del sujeto? Quizás para disfrutar del arte habría que dejar aparcada la mente analítica y racional para dejarse llevar por la propia capacidad de percepción del subconsciente, suponiendo que sea ahí donde resida las sensibilidad hacia lo extraño, la belleza y el arte.

¿Podríamos inferir entonces que determinadas personas que ejercen un control férreo sobre sus emociones e impulsos, mediante una postura ante la vida en general extremadamente objetiva y cuadriculada, son menos sensibles al arte? Entendiendo por sensibilidad al arte no el estudio de colores, luces y sombras e intencionalidad de la escena, sino entendiendo por sensibilidad al arte “todo aquello que se percibe aunque no se vea a simple vista; todo aquello que se capta y nos impregna pero no puede ser transmitido ni explicado, tan sólo experimentado”.

Para disfrutar de cierto tipo de obras, como las creadas en el contexto del surrealismo, hay que desprenderse de prejuicios, de etiquetas y de esa actitud obsesiva por pretender darle a todo una explicación. Dentro de determinados ejercicios artísticos, sencillamente no existe espacio para la explicación, para el “por qué” ni para la definición exacta. Esto puede poner muy nervioso a ese grupo de personas a las que nos referimos, que basan su vida en un espejismo autofabricado de control absoluto sobre todas las cosas, y que presumen de “normalización social” y de seguir las pautas y cánones establecidos, que se acuestan tranquilas cada noche porque nunca hacen nada extraño o que salga de lo definido como “normal”.

Cuando contemplo una obra de David Lynch, ya sea plástica o audiovisual, desactivo completamente mi hemisferio izquierdo, ese que “busca” explicaciones a todo lo que procesa. Sencillamente me dejo atrapar por la atmósfera, por la belleza de las imágenes y “acallo” mi cerebro consciente y racional para “escuchar” los deleites que mi otro cerebro, el del hemisferio derecho, tiene que transmitirme: ese parte de mi mente que es incompresible, enigmática, ignota y, definitivamente, apasionante.

Todo esto vuelve a vincularse a una idea —convertida ya en norma en mi vida cotidiana— que aplico a toda obra creativa propia y ajena, sea de la índole que sea, en diseño o en arte: no se trata del qué, sino del cómo. Las ideas pueden ser mejores o peores, más o menos originales, pero definitivamente es la “forma” en que plasmamos y ejecutamos esa idea lo que diferencia nuestra obra del resto. Esto parece muy obvio y evidente para todas las personas pero, ¡curiosidad! en la vida cotidiana la mayoría de la gente ni lo aplica ni lo consigue comprender de verdad.

Para aquellos a los que les encanta “medirlo” todo, cuantificar y clasificar cada gesto, cada minuto de su vida, cada acción y cada observación, el concepto de “forma por encima de idea objetiva, forma por encima de significado” debe sonar disparatado. Pero hay cosas, muchas, que no se pueden analizar con un método científico o comprender, o que, sencillamente, no se deben ni analizar ni comprender, sino simplemente sentir. A todas esas personas les aconsejaría que apagaran un poco su mente analítica y activaran el estado de sentimiento puro. Tan sólo hay que dejarse llevar, relajarse, no pensar sino dejarse atrapar, no atormentarse con el “qué” me están contando o el “por qué”, sino simplemente disfrutar con la “forma” en que ese suceso artístico único llega hasta ti. Aunque quizás, por muchas explicaciones y consejos que podamos dar a esas personas, jamás lleguen a servir de nada, porque como dice un buen amigo mío, Gonzalo Caputto, “la sensibilidad al arte ni puede ser explicada ni puede ser aprendida. Sencillamente, o naces con ella o no la tendrás jamás”.

 

Aïssa López
04 de Noviembre de 2015

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El yugo de la evolución

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¿Qué ocurre cuando la tecnología se sincroniza a nivel evolutivo con los designios de las grandes corporaciones y de los principales poderes fácticos? La consecuencia más inmediata es que las personas dejan de ser tales para convertirse en objetos clasificables al servicio de los que manejan el cotarro.

El individuo está perdiendo —y hablo en gerundio porque está ocurriendo ahora—su individualidad, su personalidad y su privacidad para convertirse en “uno más” de un todo, una pieza más de un engranaje tecnológico del que, como insignificantes insectos atrapados en una tela de araña, hemos aprendido a depender para sobrevivir, o nos han impuesto dicha dependencia para llevar a cabo una supervivencia artificial. Una sociedad súper etiquetada, convenientemente organizada para poder satisfacer los filtros y múltiples estratos de indexación, a la que nos están introduciendo a marchas forzadas bajo la promesa de la seguridad y la estabilidad del ciudadano, con el espejismo de lo cool y lo refinado, de estar a la última en moda por un consumismo desbordado y demencial.

Una ¿sociedad? donde no tienen cabida los impulsos irracionales ni los deseos naturales, en la que todo lo que ocurre tiene un nombre y está medido, referenciado y analizado, y todo lo que se escape a esta norma universal es extirpado con precisión de lanceta quirúrgica del sistema, siendo aislado, estigmatizado y tachado de ridículo, o, sencillamente, desechado como algo no válido, anulado.

Donde el ser humano, lejos de ser libre, armoniza su vida con enfermizo ensimismamiento en torno a términos de reciente invención, palabras clave que identifican la materia que gestionamos rápidamente, códigos y niveles de acceso para cada acción o movimiento: es la sociedad más estratificada y cruel que ha existido nunca, en la que todos por supuesto no tenemos los mismos derechos ni la mismas opciones, y por supuesto tampoco el individuo por sí mismo es ya nada, porque ya nada posee, porque en esa ablación oficial le han arrancado todo lo que le hacía distinto, y único.

Al individuo le están robando sus propiedades y pertenencias para darle a cambio alquileres y subscripciones de pago eterno, a los que siempre estará abonado si quiere seguir usando y disfrutado de ellos, pero sobre los que nunca tendrá derecho alguno. Al individuo le han suprimido su memoria histórica y su intelecto para poner en su lugar la banalidad de canales de ocio superficial donde se tratan estúpidos e inventados problemas que ofrecen juicios rápidos y cierta dosis de entretenimiento y cultura light… —¿o debo decir incultura hard?—.

Han perpetrado las entrañas del individuo anuente para disolver de un plumazo sus peculiaridades y manías, ya que no podían ser catalogadas y por tanto no tenían lugar dentro del vasto conglomerado tecnológico que todo lo registra, evalúa, ordena y coordina. Así, el individuo ha perdido sus secretos, ha dejado de ser misterioso y enigmático, ha dejado de tener encanto, porque ya nada lo diferencia de los demás… porque ya nada posee más que un número identificativo de validación en el sistema, porque su carácter, personalidad y conductas han sido “reforjados” minuciosamente por una cadena de sofisticados algoritmos premeditadamente escritos para recrear la naturaleza de esa persona en la red de redes, a interés y conveniencia del propio sistema. Porque nos han vuelto a concebir, en un enloquecido delirio demiúrgico por el cuál nos están reprogramando para ser compatibles en este nuevo mundo digital, carente de emociones reales, carente de las entrañables interferencias analógicas y del trato humano directo y auténtico. Carente de principios sólidos y valores de dignidad y honorabilidad —¿alguien sabe ya lo que significa?—. Carente de vida.

Para esta nueva fecundación digital del ser humano el individuo como tal ya no importa ni interesa, no constituye nada por sí mismo, porque ya ha sido despojado de todo cuanto lo constituía como persona. Ahora sólo importa el grupo al que pertenece, y ese grupo debe estar correctamente etiquetado, debe disponer de unos privilegios y derechos predeterminados y autorizados. Esos grupos están contrapeados formando una escala jerárquica piramidal. Más alto, más privilegios y poderes, más bajo, menos derechos y posibilidades. Los que están en los grupos superiores viven cómodamente abastecidos con todo tipo de lujos y gran confort al tiempo que los pobres integrantes de los grupos inferiores sobreviven en esa tela de araña artificial para encontrar sentido a sus tristes y vacías vidas. ¿Y es esto evolución? Los ricos son más ricos que nunca, y los pobres más pobres que nunca.

Pero en cualquier caso, todos los grupos existen como partes de un plan común y al servicio de ese nuevo y terrible orden mundial al que, con paso firme y feliz, te acercas cada día pidiendo a gritos que te escojan y te alisten. Y si, hablo en gerundio porque está ocurriendo precisamente ahora, y no te estás enterando.

Aïssa López
20 de Julio de 2015

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