El yugo de la evolución

Estándar

¿Qué ocurre cuando la tecnología se sincroniza a nivel evolutivo con los designios de las grandes corporaciones y de los principales poderes fácticos? La consecuencia más inmediata es que las personas dejan de ser tales para convertirse en objetos clasificables al servicio de los que manejan el cotarro.

El individuo está perdiendo —y hablo en gerundio porque está ocurriendo ahora—su individualidad, su personalidad y su privacidad para convertirse en “uno más” de un todo, una pieza más de un engranaje tecnológico del que, como insignificantes insectos atrapados en una tela de araña, hemos aprendido a depender para sobrevivir, o nos han impuesto dicha dependencia para llevar a cabo una supervivencia artificial. Una sociedad súper etiquetada, convenientemente organizada para poder satisfacer los filtros y múltiples estratos de indexación, a la que nos están introduciendo a marchas forzadas bajo la promesa de la seguridad y la estabilidad del ciudadano, con el espejismo de lo cool y lo refinado, de estar a la última en moda por un consumismo desbordado y demencial.

Una ¿sociedad? donde no tienen cabida los impulsos irracionales ni los deseos naturales, en la que todo lo que ocurre tiene un nombre y está medido, referenciado y analizado, y todo lo que se escape a esta norma universal es extirpado con precisión de lanceta quirúrgica del sistema, siendo aislado, estigmatizado y tachado de ridículo, o, sencillamente, desechado como algo no válido, anulado.

Donde el ser humano, lejos de ser libre, armoniza su vida con enfermizo ensimismamiento en torno a términos de reciente invención, palabras clave que identifican la materia que gestionamos rápidamente, códigos y niveles de acceso para cada acción o movimiento: es la sociedad más estratificada y cruel que ha existido nunca, en la que todos por supuesto no tenemos los mismos derechos ni la mismas opciones, y por supuesto tampoco el individuo por sí mismo es ya nada, porque ya nada posee, porque en esa ablación oficial le han arrancado todo lo que le hacía distinto, y único.

Al individuo le están robando sus propiedades y pertenencias para darle a cambio alquileres y subscripciones de pago eterno, a los que siempre estará abonado si quiere seguir usando y disfrutado de ellos, pero sobre los que nunca tendrá derecho alguno. Al individuo le han suprimido su memoria histórica y su intelecto para poner en su lugar la banalidad de canales de ocio superficial donde se tratan estúpidos e inventados problemas que ofrecen juicios rápidos y cierta dosis de entretenimiento y cultura light… —¿o debo decir incultura hard?—.

Han perpetrado las entrañas del individuo anuente para disolver de un plumazo sus peculiaridades y manías, ya que no podían ser catalogadas y por tanto no tenían lugar dentro del vasto conglomerado tecnológico que todo lo registra, evalúa, ordena y coordina. Así, el individuo ha perdido sus secretos, ha dejado de ser misterioso y enigmático, ha dejado de tener encanto, porque ya nada lo diferencia de los demás… porque ya nada posee más que un número identificativo de validación en el sistema, porque su carácter, personalidad y conductas han sido “reforjados” minuciosamente por una cadena de sofisticados algoritmos premeditadamente escritos para recrear la naturaleza de esa persona en la red de redes, a interés y conveniencia del propio sistema. Porque nos han vuelto a concebir, en un enloquecido delirio demiúrgico por el cuál nos están reprogramando para ser compatibles en este nuevo mundo digital, carente de emociones reales, carente de las entrañables interferencias analógicas y del trato humano directo y auténtico. Carente de principios sólidos y valores de dignidad y honorabilidad —¿alguien sabe ya lo que significa?—. Carente de vida.

Para esta nueva fecundación digital del ser humano el individuo como tal ya no importa ni interesa, no constituye nada por sí mismo, porque ya ha sido despojado de todo cuanto lo constituía como persona. Ahora sólo importa el grupo al que pertenece, y ese grupo debe estar correctamente etiquetado, debe disponer de unos privilegios y derechos predeterminados y autorizados. Esos grupos están contrapeados formando una escala jerárquica piramidal. Más alto, más privilegios y poderes, más bajo, menos derechos y posibilidades. Los que están en los grupos superiores viven cómodamente abastecidos con todo tipo de lujos y gran confort al tiempo que los pobres integrantes de los grupos inferiores sobreviven en esa tela de araña artificial para encontrar sentido a sus tristes y vacías vidas. ¿Y es esto evolución? Los ricos son más ricos que nunca, y los pobres más pobres que nunca.

Pero en cualquier caso, todos los grupos existen como partes de un plan común y al servicio de ese nuevo y terrible orden mundial al que, con paso firme y feliz, te acercas cada día pidiendo a gritos que te escojan y te alisten. Y si, hablo en gerundio porque está ocurriendo precisamente ahora, y no te estás enterando.

Aïssa López
20 de Julio de 2015

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