El Nuevo Homo

Estándar

El ser humano está constituido sobre una base operativa primordialmente emocional. Desde antaño los pilares de la materia gris emergían del hemisferio derecho del cerebro, área que cosecha las percepciones extrasensoriales, los estímulos oníricos, la creatividad, los sentimientos, la sensibilidad artística y el instinto subjetivo, entre muchos otros. Existen teorías revolucionarias acerca de la utilización de recursos del underground cerebral derecho en épocas muy primitivas, como puede ser la comunicación telepática en forma bidireccional (entre dos individuos del mismo grupo) e incluso la creencia de un estado etéreo de sincronía emocional generalizada a nivel de todos los miembros de la tribu. Ante la inexistencia de un lenguaje desarrollado de tipo alguno, ni oral ni mucho menos escrito, los miembros de dicha tribu pudieron haber forzado la supuesta capacidad emisora del cerebro para transmitir sensaciones en estado bruto, y viceversa, para recibir dicha información, en forma de bastos impulsos. Esta hipotética, primitiva pero fantástica forma de transmisión debía mantener unido al poblado en todo momento.

Con el tiempo y partiendo de la base de que estas teorías pudieran ser ciertas, ese poder comunicacional comenzaría a desplazarse a un segundo plano a medida que el cerebro evolucionaba y la inteligencia emergida del hemisferio izquierdo impulsaba la ejecución de todo tipo de inventos. Entre ellos, la forma de un lenguaje basado en signos, interpretable, objetivo y transcendental mediante un medio escrito. La tecnología comenzó a abrirse camino y la combinación de muchos factores a muy distintos niveles, fue modificando la conducta del ser humano, haciéndolo evolucionar, ejercitando cada vez más ciertas propiedades de la mente y oxidando otras por su olvido.

Inconscientemente, la trayectoria del ser humano a lo largo de la historia, y muy especialmente en los últimos cién años, nos muestra el afán imparable por «conectar» a los seres, acortando distancias, transmitiendo señales eléctricas, inventando todo tipo de herramientas electrónicas e interfaces digitales para alcanzar el gran sueño de la humanidad: la globalización, la llamada Sociedad de la Información.

Lo que otrora pudo haber sido una sociedad primitiva donde las mentes se conectaban por la energía vital que emanaba de cada una de ellas, y la red de conexiones provocada por consiguiente era de ámbito sentimental, ahora se está alcanzando, por medio de la ciencia, un nivel de simbiosis multicultural, multiracial, donde la información es lo verdaderamente valioso, consiguiendo elevarla hasta un estrato universalmente accesible, más allá de las fronteras geográficas, ideológicas o políticas.

La tecnología ayuda al hombre a recuperar aquello que al principio de la Historia le perteneció por las puras propiedades de su naturaleza y que su propio intelecto en su apabullante evolución se encargó de destruir. La tecnología también impulsa aún más allá al individuo que, en la espiral digital que lo absorbe y lo catapulta, pierde su propia identidad para convertirse en una secuencia de dígitos binarios adherida al Todo Digital, también denominado Aldea Global o Isla Común. Esta conversión de la realidad a lo virtual, del sentimiento puro al byte almacenado, del misticismo a la exactitud de la ciencia, impuesta como dinámica derivante de la revolución que nos acontece, eleva al ser humano a otro estadío del estar y del sentir, a otra forma de comprender el mundo, la cultura y la comunicación.

La transformación que está experimentando la sociedad actual es tan intensa y abarca tantos aspectos de la vida cotidiana y la manera de integrarse con el mundo, que podemos hablar de un paso evolutivo a denominar muy justamente como Homo Digitalis.

Las facilidades de uso de este nuevo nivel vital electrónico son al mismo tiempo ventaja y trampa mortal. El individuo, que ha dejado de ser tal, es ahora una fracción de la Gran Red, y todo en él, su memoria, su vida, su intimidad, su sexo y su trabajo están abiertos y conectados al mundo. La velocidad de acceso a la información flotante y perenne, junto con la ingente cantidad de datos acumulados de practicamente cualquier temática o asunto concreto, estimula la inquietud de la comunidad digital y multiplica las aportaciones de datos. La obsesión consiste en manipular datos, traspasándolos gratuitamente, vendiéndolos, comprándolos, robándolos o incluso secuestrándolos. Lo meramente tangible está desapareciendo y todo aquello que nos produce placer, constituye parte de nuestro trabajo o interviene en el ocio, nos llega de formainvisible, lo procesamos con gran rapidez y lo consumimos casi fugazmente para volver a captar más datos.

La integración que día a día sufre nuestra vida con el medio digital está afectando a la conducta emocional del ser humano.

El homo digitalis es cada vez más eficaz en la manipulación de los datos, la obtención de los mismos le produce paulatinamente un síndrome de ansiedad y gula informativa. Todo lo que antaño, de forma natural, originaba un preámbulo a la tarea final del hombre, ahora se entrega de forma instantánea y fácil. El misterio de las miradas insinuantes, la magia de las caricias introductorias previas al acto sexual, el juego del coqueteo adolescente, la tierna apertura a la pubertad y, en conclusión todos aquellos enigmas de la vida que poco a poco van siendo descubiertos y experimentados, son destruidos por el homo digitalis.

Todo lo que el homo digitalis desea lo puede obtener en la Sociedad de la Información. Todo es facilmente accesible. El conocimiento de cualquier materia llega instantánemanete. Si desea una experiencia sexual, sólo debe apretar un botón y localizar en el directorio a la persona deseada, y plasmar el impulso en cuestión de minutos. Porque el exceso de posibilidades y de tecnología de uso doméstico destruyen toda fantasía. La exposición de ofertas es tan desmesurada que clausura los sueños. El homo digitalis no necesita imaginar o fantasear porque todo cuanto desea puede tenerlo al segundo. Y esa gestión de petición/obtención repetitiva condiciona la psique de la persona. La vuelve impaciente, exigente, caprichosa. El homo digitalis destruye el valor intrínseco del objetivo y del objeto al suprimir los obstáculos que median entre ambos. La facilidad para obtener cualquier cosa origina una dinámica de reciclaje, de obsolescencia, de compra/venta, de basura digital…

El homo digitalis seguirá siendo modelado por la propia tecnología y perderá poco a poco las cualidades por las que siempre se denominó humano. Este híbrido entre máquina/hombre reemplazará al hombre original y su naturaleza se adecuará a las directrices de la nueva base operativa y primordial: la Sociedad de la Información, el Medio Digital, la Tecnología.

¿Y sus emociones? ¿Y los misterios que siempre carcomieron las mentes de los más jóvenes? ¿Y las fantasías? ¿Y los sueños? Yo, personalmente, prefiero seguir siendo un homo de los de antes, y disfrutar de aquello que me diferencia del resto de los seres vivos, que son las emociones, la magia del amor y de una puesta de sol, y, por encima de todo, saborear el deseo de algo que sueño y lucho por conseguir.

Aïssa López.
Sevilla, 12 de Julio de 2005

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