Cuando despiertas

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La vida pasa, pasa, pasa…

Hay un letargo imprescindible en la vida de todos nosotros,
es ese espacio único y personal en el que creemos, durante unos días, que nosotros somos el único protagonista de esa historia que se está tejiendo apresuradamente,  en que nos sentimos especiales y parece que el tiempo se ha detenido para que disfrutemos más de nuestras intensas emociones.

Es como un sueño que dura todas las horas y todos los días,
es una interrupción de tu modo cotidiano, una pausa.
Pero el tiempo pasa, transcurre, madura…

Y un día, sin esperarlo, sentimos el golpe en la boca del estómago, es el fallo del jurado, la declaración de intenciones de la propia vida, y entonces, como un martillo de acero golpeándote la garganta,  vamos despertando de ese letargo
y con cada latido, descubrimos que lo que era dulce y esencial,
en realidad se torna oscuro y dañino.
Sentimos cómo el martillo machaca nuestras entrañas,
cómo la luz del alba no trae claridad a nuestra mente,
sino simplemente la verdad, una verdad llena de sombras,
de mitos corroídos y figuras efímeras.

Cuando despiertas descubres que nada de lo que sentiste fue real, y que había belleza y propósitos porque tú te empeñaste en verlos.

Cuando despiertas, sientes la angustia del desengaño y tienes,
por unos segundos, el impulso de asomarte otra vez al borde,
de otear las profundidades de ese abismo que te ha escupido.

Pero ya no queda nada de lo que habías experimentado.
Sólo ves oscuridad, una densa e imperturbable oscuridad  plagada de silencios.

Ese es el letargo del Amor.

Aïssa López
Sevilla, 27 de Julio de 2007

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