Atomos de Delicia (…o el Marketing del Amor)

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Para d.
Para Bárbara.
Para la Luz.

Me vanaglorio de haber salvado una generación de nacimientos encadenados, cuyo árbol genealógico tendría su origen hace aproximadamente dos años, cuando Mike, un chico inteligente y superdotado intelectualmente vino a mi mundo una cálida noche de verano, cabizbajo y abatido porque la magia de la relación que había mantenido con su novia se había ido apagando paulatinamente, hasta reducirse a una millonésima y paupérrima llamarada de lo que fuera otrora su amor por ella. Y esa noche, ante la presión de tomar una decisión, le sucumbía la idea de la ruptura definitiva, y vino a mi como un crío desvalido para que le arrojara un poco de luz en el momento final. Yo, que esa noche me sentía inspirado por el cielo despejado y las estrellas que me observaban desde el ignoto pasado prehistórico, desarrollé improvisadamente, y sin pretenderlo, una teoría objetiva sobre las relaciones de amor que deslumbraría a mi joven amigo y provocaría un giro inesperado en la trayectoria de toda su vida.

Me refiero, obviamente, a la teoría del Marketing del Amor, esos átomos de delicia.
Esencialmente el gran fallo de todas las relaciones sentimentales consiste en creer que el trofeo ya ha sido ganado. Una de las dos partes amadas, concretamente la seductora, idealiza a su futura novia como la presa a la que ha de dar caza. Sus objetivos, pues, se reducen a hacerse con dicha joya. En ningún momento se plantea el momento después, sólo le importa engatusar a esa joven mujer y atraparla indefinidamente.

El problema es que, una vez que el joven seductor articula toda la parafernalia milimétricamente estudiada para impactar y apoderarse de su trofeo tan ansiado, el joven pierde irremediablemente el interés por su joya. El trofeo ha sido capturado y luce a su lado cual cabeza cortada de un bravo toro.

En ese momento la heroína, esa chica enamoradiza, joven y guapa, que en ningún momento se había fijado en ese chico, Mike, hasta que un día él había comenzado a provocar encuentros románticos y había despertado su curiosidad con poemas, miradas sugerentes e invitaciones para salir el sábado por la noche, esa chica siente cómo su vida comienza a ser atraída como un imán por el encanto de ese joven atractivo y amable, que la agasaja, la respeta, le da un lugar quizás olvidado en su propia vida y, finalmente, casi la idolatra. Es en ese instante que Bárbara, la chica atiborrada por el encanto apabullante de ese joven seductor, comienza a ver en él una persona especial, cuando ella se abre y se deja observar interiormente, y decide dar el paso de compartir con él todo cuanto posee, siente y piensa. Y ése, ciertamente, es un paso muy importante y meditado para una mujer ¡Y vaya, menuda sorpresa! También es en ese momento crucial, cuando más enamorada y feliz se siente, que comienza a percibir una extrañeza en la relación que tan bonita había sido al principio: algo está cambiando, algo indefinido. Al principio se tapa los ojos, no quiere reconocerlo. Luego no le queda más remedio que aceptar que en efecto su chico ideal parece no ser el mismo, o al menos ciertos detalles que antes parecía tener con ella ahora merman por el descuido de él. Pasan los días, quizás los meses. Y dependiendo de la naturaleza y fortaleza de ambas partes, puede que hasta años. La vida transcurre. Mike, el chico en otro tiempo seductor, se ha vuelto menos interesante e interesado.

A ojos de ella el chico ha ido perdiendo su encanto, ya no es lo que era, se siente quizás olvidada o ignorada o al menos infravalorada. La relación se enfría. La distancia se abre camino entre ellos marcando la inminente ruptura del mundo interpersonal. Bárbara, encandilada aún por las reminiscencias de la seducción del comienzo, resiste y despoja de su mente cualquier idea de abandono. Pero es como volverse a engañar: las cosas no son como eran, ya todo ha cambiado y ella no se siente feliz.

Por su parte, Mike siente que hizo un gran esfuerzo desorbitado por conseguir aquello de lo que se había enamorado día a día, una inversión de noches en vela y días ensimismado en eróticos y bellos pensamientos. Pero se siente también defraudado. Porque después de tanto esfuerzo y dedicación, y ahora que por fin la tiene, no sabe por qué pero ya no es tan intrigante y su vida se ha paralizado de repente: lo ha dado todo, ha puesto en marcha sus mejores tácticas masculinas para atraer a una mujer, se ha lucido como un pavo real, y ha sido admirado y reconocido por ella, pero ahora… ahora ya ha terminado la magia, porque la tiene, la posee, y un nuevo sentimiento lo aborda paulatinamente, como un traidor sigiloso: debe ser para él. Ese deseo de posesión se hace presente, va cobrando fuerza al tiempo que la sutileza y encanto de su propia persona se van esfumando y su actitud hacia ella se hace más y más fría. La ama, o al menos, en lo más profundo de su corazón, sabe que puede seguir todavía enamorado de ella, y por eso mismo no quiere perderla. Pero confunde el ser dueño de su amor, con ser dueño de su persona, y aquí comienzan los problemas.

Las fases siguientes en esta disección de las relaciones sentimentales pasan por un error esencial en la manera de enfocar las cosas. El chico pierde objetividad a toneladas y su mente se turba con el sentimiento de posesión, un sentimiento primitivo y congénito, que transforma su carácter como una larva de monstruo. Ya no es él. Ahora pretende atraer la atención de ella nuevamente, pero no lo hace inteligentemente, porque la semilla de la posesión ha dado su peor fruto: los celos. El muchacho, distorsionado, piensa mal de Bárbara. Quiere retenerla a veces incluso contra la voluntad de ella. Desea llamar su atención, pero optando por un sistema enfermizo: se hace la víctima, vuelca en ella su propio desbordamiento interior, provoca discusiones en ocasiones absurdas, sobrevalora detalles insignificantes haciendo de ellos una montaña de pesares, y cualquier error de ella lo magnifica para demostrarle que es inferior a él, y que, de alguna manera, depende de él hasta para su propia supervivencia. La humilla sin saberlo, porque no es él, es una marioneta descontrolada de los celos, el aburrimiento, el hastío.

La dejadez y el relax han llevado a esta relación hasta este estado de declive. El primer fallo por parte de él: ahora que tengo lo que deseaba, me relajo. Y en el amor, nunca jamás puede uno bajar la guardia y relajarse. El amor es una lucha constante, y nunca hay vencedor ni vencido. El amor precisa de diarias dotes de inteligencia para animar la relación. Y jamás hay que perder el norte: respetar el concepto de libertad y los derechos primordiales y constitucionales de la otra media naranja.

El amor es como un ser vivo que necesita cuidados regulares. Pero más exactamente, el amor es una complejísima herramienta y la relación de pareja es el producto resultante de una intrincada tela de araña tejida con dicha herramienta. Así que como producto precisa de una promoción, de una estrategia de marketing para que tenga éxito comercial. Debemos ver a nuestra pareja como el cliente final, y ser conscientes de la competencia, y de que muchos otros individuos intentarán atraer la atención de ese consumidor nato con sugerentes propuestas y productos sentimentales más sofisticados. Por ello mismo, durante el transcurso de la vida útil del producto sentimental, debemos plantear una estrategia regular que haga atractivo y suculento nuestro propio producto.

El ser humano está hecho de fantasía y le gusta soñar. Debemos despertar la imaginación y el interés de nuestra pareja mediante originales técnicas de seducción. Pero también el ser humano se aburre con facilidad. Por ello mismo debemos evitar la saciedad. Con el hastío languidece la relación y todo se torna gris. Bonus si brevis, bisbonus. Todos los productos necesitan ser rediseñados cada cierto tiempo, para adaptarlos al momento que acontece y sean así compatibles. Así pues, también nuestra relación precisa de rediseños relativamente constantes. Quien desea amar, debe trabajar para ello. El amor requiere grandes dosis de originalidad para deslumbrar siempre a nuestra pareja.

Diseñaremos cada aspecto de la relación a medida, pero sin que la otra persona se percate de nuestros nuevos objetivos. La inserción debe ser suave, los cambios bruscos no son recomendables. Y para que el nuevo producto tenga éxito en nuestro mercado de sentimientos, debemos antes conocer y analizar a nuestra pareja. Sólo con la observación detenida de nuestro amante obtendremos datos suficientes para elaborar el nuevo producto: un enfoque distinto de la relación en el momento justo, hará que el aburrimiento remita, la intriga se haga patente y la magia retorne. Conocer a nuestra pareja es una obligación.

Con cada estrategia meticulosamente estudiada casi podremos prever las reacciones de nuestro cliente amado. Aunque a veces la aleatoriedad y variedad de procesos químicos que intervienen en la mente de una persona es desbordante, y por ello mismo debemos estar preparados, elaborando un sistema interactivo de estímulos predeterminados. La construcción de dicho sistema requiere gran destreza psicológica, ya que consiste en agrupar cuatro o cinco factores estimulantes efectivos en la otra persona.

Controlándonos, podremos aplicar más cantidad de cada uno de ellos o restarle efectividad a otros, dependiendo de la situación y de lo que necesitemos conseguir.

La misma destreza psicológica se precisa para saber acertar en los comentarios. El marketing efectivo es aquel que le da al público lo que el público demanda. Debes saber lo que necesita tu pareja, y proporcionárselo. Y en ello, es más útil el envoltorio que el contenido. Contrariamente a lo que comúnmente se piensa, a veces, más que demostrar que se ama, se necesita aparentarlo.

La apariencia: esa gran máscara que tantas sensaciones mueve y tanto éxito proporciona. El amor bruto no es digerible y por ello debemos darle forma: ponerle un lazo de fiesta, decorarlo con unas flores secas, distribuirlo en una caja curiosa como parte del packaging ideado. El ser humano se ha deformado por la manipulación de los poderes fácticos y la expansión de los centros comerciales. Su espíritu actual es un espíritu de consumo, y se ha habituado al diseño hasta en su mínima expresión. Da igual que un abogado sea nefasto y no resuelva ningún caso, si tiene un despacho grande y una campaña de imagen infalible, será el mejor, porque la gente admira la apariencia del éxito, no estrictamente el triunfo de esa persona.

Y esa es la idea: promoción.

Promocionar una noche mágica, una cena romántica, una sorpresa programada… da igual que la noche sea como la de cualquier otro día, la cena corriente y la sorpresa algo insignificante, porque la ilusión se habrá creado a partir de esa estrategia de promoción, y se habrá conseguido una vez más alimentar a la relación.

…Y decir, por ejemplo, te amo. No basta con amar concienzudamente cada día, hay que decirlo con regularidad, expresar con palabras lo que haces sentir. Asimismo también hay que percatarse de qué cosas no se deben decir. Porque en efecto existen cosas que nunca jamás se deben preguntar, o comentar. Aunque nos veamos obligados a cambiar ligeramente la versión de un hecho, o a soltar una mentira piadosa, cualquier recurso será válido para evitar decir eso que no debemos. Hay preguntas que nunca deben realizarse, y confesiones que se deben ocultar. La sinceridad es fundamental pero como todo hay que administrarla con sagacidad. Un exceso de sinceridad puede provocar dolor involuntariamente y arruinar la salida al mercado de nuestro producto rediseñado. Y a Mike le sucedió también algo de eso en su relación con Bárbara. Comenzó a hacer uso indiscriminado de su sinceridad para provocar una reacción en ella, una respuesta. Huir de la horrible monotonía es saber aplicar la sinceridad y evitar las repeticiones, y saber cuándo callar.

Escuchar: el silencio es valioso, es como el corte en negro de tres segundos en una película, te ofrece un respiro, una efímera desconexión, un desahogo. Se agradece un poco de silencio, es la manera ideal de escuchar a la otra persona, haciéndola sentir que de verdad te interesas por ella.

Mike escuchó con detenimiento la teoría de los Átomos de Delicia y a partir de esa noche comenzó a ver a su novia como una persona en primer lugar, llena de derechos y necesidades básicas, y no como el objeto de deseo y posesión que creía que era. Y es que cuando Mike quiso abrir los ojos, vio por primera vez un mundo lleno de misterios y encantos en Bárbara. Cuando alguien quiere ver, descubre que la vida está llena de maravillas que siempre estuvieron allí. Mike comenzó por darle sus momentos de privacidad a su novia, y a fomentar su intimidad y sus instantes de silencio tan agradecidos, para que así recuperara la fe en si misma, y se preocupara de su persona, de elevar su autoestima. Y un día, sin más, le dijo: hoy estás bellísima. Se planteó la relación como un reto que debía afrontar cada día, pero al enfocarla de manera creativa, le pareció un reto satisfactorio ya que además de comprobar el brotar de la felicidad extinta en ella, él mismo aprendió a beneficiarse de esa obra de ingeniería sentimental y comenzó a sentirse lleno de vida.

El Marketing del Amor puede sonar a frivolidad, si bien es cierto que es una manera de analizar objetivamente la relación de Mike con Bárbara, que es el prototipo de relación estándar.

Aquella cálida noche de verano, cuando ese chico joven e inteligente vino a mi a pedirme consejo, le dije que no se engañara: es tarea del corazón engendrar amor y generar energía, pero la gestión sentimental debe ser llevada a cabo por la mente. Controlando y estableciendo un justo equilibrio entre ambos se conseguirá una relación brillante. Y es que al final todos debemos ser analistas de mercado, y comprender, como dijeran los protagonistas de Blue Velvet al final del filme, que el amor es otro mundo.

 

Aïssa López
30 de Mayo de 2006

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